Salud y tebeos

Salud y tebeos
Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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martes, 28 de noviembre de 2017

Julie Doucet

La edición integral en dos tomos de las historietas de Julie Doucet, publicada por Fulgencio Pimentel, pone al alcance del lector interesado un material considerable. El primer volumen salió en 2015 y cubre el periodo de la autora indicado en la cubierta: Julie Doucet. Cómics 1986-1993. El segundo tomo, aparecido en 2017, es una continuación del anterior bajo el mismo formato y abarca el tramo temporal siguiente: Juliet Doucet. Cómics 1994-2016. La reciente culminación de esta importante edición por parte de la editorial riojana permite conocer directamente y valorar en su conjunto el trabajo de una historietista cuya singularidad, agrade más o menos, ocupa en todo caso una posición influyente en la historia del cómic (y no solo de este).

Es muy de agradecer en esta edición el estricto ordenamiento cronológico de toda la producción tebeística de Doucet, así como la información acerca del medio en que fue publicada cada historieta por vez primera. (Algunas son inéditas.)

Julie Doucet (n. 1965) pertenece a ese grupo generacional de autores completos que montaron su propia revista o comic book como vía de autoedición y consagraron con ello el denominado cómic alternativo, además de independiente. (No es ocioso emplear la expresión "el clan de los canadienses" para referir una parte importante de ese grupo, comenzando por Dave Sim -el gran impulsor del invento de la autoedición- y siguiendo en otra línea con Chester Brown, Seth, Joe Matt y la propia Julie Doucet.) Dirty Plotte fue el título elegido por la autora para su propia revista, nacida a manera de fanzine en 1988, de la que autopublicó en fotocopia doce minicómics antes de ser editada ya como comic book por la también canadiense Drawn and Quarterly, la cual sacó a su vez doce números de Dirty Plotte entre 1991 y 1998. Fue ahí donde aparecieron la mayoría de las historietas de Julie Doucet.

Los orígenes de la autoedición de tebeos remiten al comix underground. Por otra parte, la autoexpresión caricaturizada es un estilema de muchos de los dibujantes de ese movimiento. En un sentido más que figurado, cuasi biológico diría yo, Robert Crumb es el padre de esos alternativos no solo canadienses que mamaron de las ubres del cómic underground. Julie Doucet pertenece a ese grupo. A menudo se les atribuye sordidez a las historias y al grafismo tanto del underground como de sus descendientes. Yo no lo tengo muy claro. Lo mejor de este estilo, cuando está logrado, conlleva un halo de honestidad y de autenticidad ciertamente poéticas. Y a fin de cuentas, hay un verso de Guillermo Carnero que afirma: "La sordidez es nuestro pan".


Prácticamente, en el trabajo de Doucet no hay una solución de continuidad, al menos desde 1986 hasta 1998 (lo que viene a ser la duración de Dirty Plotte) o 1999 (con las historietas "Comix 2000" y "L'Affaire Madame Paul"). Tras un par de breves apuntes intermedios (de 2001 y 2007), "Mi nuevo diario de Nueva York", de 2010, manifiesta ya un alejamiento acaso definitivo de la estética punk anterior.

Porque de eso se trata: de estética punk (y su ética). El primer tomo de esta integral de Julie Doucet muestra una evolución en lo que, lejos de ser un tonto 'caca, culo, pedo, pis' aparente para observadores cegatos, manifiesta un nivel de autoexpresión inaudito en aquel entonces... tratándose de una autora. Las opiniones, por cierto, que reducen las primeras historietas de Doucet, la más desbocadas, a un asunto de menstruación y de tampax, demuestran simplemente un simplismo hermenéutico supino, cuando no un sencillo desconocimiento de la obra de la autora. Lo que observo yo que hay más bien, en Doucet, es, junto a una lógica impugnación juvenil de la realidad, de la suya, una progresiva apropiación de lo real sin fisuras que incluye también, cómo no, el mundo onírico. La historieta que cierra este tomo, "La primera vez" (1993), marca un punto de maduración en la autora, simbólica y bellamente expresado mediante una suerte de reconciliación -sui generis- con el mundo a través de un acto de amor hippie-punk.

Es por tanto -y sobre todo- en el segundo tomo de esta integral donde encuentro yo el discurso más trabado y maduro de Julie Doucet. Y específicamente, de un modo claro y transparente, en "Mi diario de Nueva York", una larga historieta de más de cincuenta páginas publicada sucesivamente en los tres últimos números de Dirty Plotte D & Q (1996, 1997, 1998).

Me refiero en concreto al discurso que ha llevado a considerar a Julie Doucet como referente feminista. Según ella misma declara, cuando escribía y dibujaba estas historietas no pensaba en términos feministas; simplemente, se expresaba sin cortapisas de ningún género. Algo parecido le sucedió a Simone de Beauvoir; cuando a partir de los años sesenta la filósofa se convirtió en la gran referencia del feminismo de la igualdad, ella confesó que al escribir El segundo sexo (1949) no pensaba para nada en términos feministas. Una y otra abrazaron el feminismo como causa después, una vez realizadas sus respectivas obras.


El grafismo post-prerrafaelista que caracteriza las viñetas saturadas de dibujo y de tinta de Julie Doucet recuerda en ocasiones al practicado por David B., o al revés. (Tras realizar esta observación, me sacudió enterarme de la epilepsia...) Es un grafismo acorde, me parece, con una apertura de lo real hacia sentimientos que alumbran unas perspectivas que, aunque insólitas, no dejan de ser, más que posibles, reales. Como tales incluyen el mundo de los sueños. Y como ya todos sabemos, los sueños y el cómic comparten una materia común.

Las últimas páginas de la integral de Julie Doucet, compuestas ad hoc en 2016, reflejan la imposibilidad por parte de la autora de seguir en la línea de su trabajo anterior en tebeo. Puede ser que se trate de un impasse pasajero, o de una constatación de lo inefable, o de un acto de renuncia o abandono del noveno arte. En cualquier caso, vuelva ella o no a este medio, ahí quedan sus historietas rotundas.


domingo, 12 de marzo de 2017

Fritz, Makoki. Inmortales


Murió el gato Fritz y murió Makoki. Mejor dicho, Crumb eliminó al primero en 1972 y Gallardo al segundo en 1994; y lo hicieron de un modo tal, que los inscribieron en el imaginario de los personajes inmortales de cómic. (Al menos, siempre que no se cumpla aquella fatídica sentencia que afirma que nadie hablará de tebeos cuando hayamos muerto.) 

La muerte de Fritz y la de Makoki fueron en parte inducidas por un uso espurio de ambos personajes, el cual tanto Crumb como Gallardo apreciaron en sus respectivos casos. La película Fritz the Cat (1972), de Ralph Bakshi, tuvo la circunstancia de ser la primera película de dibujos animados clasificada X en su país. Ante el filme de Bakshi, Crumb declaró que ese director había arruinado a su personaje y, en consecuencia, decidió matar al gato con un picahielos en la penúltima viñeta de una historieta titulada Fritz the Cat "Superstar", publicada aquel mismo año. 

En cuanto a Makoki el asunto es un poco más complicado, pues remite a un conflicto entre Felipe Borrayo, por un lado, y Miguel Gallardo y Juan Mediavilla, por el otro, respecto a cuestiones referidas a la paternidad y el registro del personaje. El caso es que a la vista de algunas historias de "el tío de los cables y su banda" publicadas en la segunda época de la revista Makoki (1989-1993), dirigida entonces por Borrayo, en las que ni Gallardo ni Mediavilla participaron en nada, el propio Gallardo declaró [aquí, por ejemplo] que se había procedido a "la desnaturalización completa del personaje". Y esto fue lo que, en parte, motivó que Gallardo decidiera cargarse a Makoki. El hecho tuvo lugar en la historieta en tres actos La muerte de Makoki, publicada originalmente en los números 4 y 5 de la revista Viñetas. La escasa figuración del personaje en esta historieta es puramente icónica y se le nombra como Cabeza-Trueno. Makoki como tal solo aparece en el título. Sin embargo, su presencia es estremecedora y llena por completo el relato. 


Ahora bien, ese en parte que subrayo tiene su razón de ser. El enlace que pongo arriba [este] lleva a un artículo de Ramón De España titulado "Miguel Gallardo: 'Mataré a Makoki porque ya no es su época'". El significado de esta frase de Gallardo no puede ser más explícito. Makoki nació en 1977 en una Barcelona preolímpica diferente a la de 1994. Y me refiero a Barcelona entendida como metonimia de lo ocurrido en la realidad del país (y no solo del nuestro). En el caso de Crumb, la eliminación del gato Fritz pudo obedecer, aparte del motivo apuntado, a una evolución del autor en la línea de la autoexpresión y el cómic confesional, más que a un cambio de época en la realidad sociocultural. No obstante, en la historieta de 2004 realizada en común entre Robert Crumb y Aline Kominsky, titulada en castellano "Progresivo aldeanismo global", leemos una conversación entre Crumb y su esposa Aline [aquí], a propósito de la famosa historieta "Stoned Agin!", en la que ambos reconocen el cambio epocal sucedido y recomiendan el eslogan: "Mantente sobrio, la fiesta ha terminado. ¡Olvídate de los 60!".

En ambos casos, en el de Gallardo y en el de Crumb, está claro que esos respectivos personajes, Makoki y Fritz, ya no les satisfacían como instrumentos de sus narraciones gráficas. 

En cualquier caso, como digo, Makoki (junto a la corte de los milagros que lo acompaña) y El gato Fritz permanecen en el panteón de los inmortales del cómic. Al menos, como he añadido al comienzo entre paréntesis, siempre que...


domingo, 6 de noviembre de 2016

El color púrpura. Avery's Blues y el sonido del delta


Uno de los aciertos de Núria Tamarit en la parte gráfica (el arte) de Avery's Blues es el color que predomina en su paleta. Viene a ser, en mi retina, el color púrpura.

Aparentemente las páginas de este tebeo transmiten otra tonalidad. Pero a poco que uno se fije, verá que lo que Núria Tamarit realiza en Avery's Blues es vestir una historia con el color que corresponde al lugar, a los personajes, a la acción, a la luz que ilumina lo que se narra en este cómic. 

El color púrpura es una película de Steven Spielberg de 1985. Está basada en una novela homónima de Alice Walker, premiada con el Pulitzer en 1983. Quien conozca la película, la novela o ambas, sabrá a qué se refiere la expresión "El color púrpura".



No podemos quitarnos de encima a Robert Crumb, cosa que por cierto a mí no me importa. Las sombra de Crumb (alargada o no) o mejor, su luz, se percibe en ciertas muestras del tebeo contemporáneo. Una de las facetas del dibujante de Filadelfia remite a su afición por "The Old Music", la música popular estadounidense del primer tercio del siglo veinte. Conocemos la manía de Crumb por coleccionar viejos discos de 78 r. p. m. Son varias también las ilustraciones, portadas de discos, carteles e historietas de Crumb que documentan su pasión por el blues, por el jazz, por el country... (La historieta de 1984 dedicada a la vida de Charley Patton es un buen ejemplo del interés de R. Crumb por el "delta blues".) 

Avery's Blues participa de uno de los universos crumbianos. Y no lo digo solo por su banda sonora.

Imagen de "Patton", de Crumb


Pero bueno, por encima o por debajo (por donde sea) de todo esto, Avery's Blues cuenta una historia. Una buena historia. El temor que está de moda a los spoilers nos impide comentar con detalle el guion de Angux (Juan Manuel Anguas, n. 1975). Podemos con todo decir que en Avery's Blues Angux compone un relato que sorprende por su compleja esencialidad. Con escasos elementos poco menos que ancestrales y altamente narrativos, Angux recrea una historia inmortal referida a la historia del blues y a uno de sus mitos fundacionales. Hay que leerla para saber de qué va, pero no defrauda.

En Avery's Blues, el arte de Núria Tamarit y el guion de Angux se hilemorfizan, forman una unión sustancial. El mismo tebeo es una suerte de blues dibujado y narrado. Eso sí, el sonido de la música lo debe poner el lector. 

Es altamente recomendable este Avery's Blues


miércoles, 29 de junio de 2016

María lloró sobre los pies de Jesús. Las tesis de Chet Brown

La novela gráfica Pagando por ello (2011), del canadiense Chester Brown, no recoge simplemente las "memorias en cómic de un putero", pese a la leyenda de su portada. La autoexposición del autor en esta obra rebasa los límites de la confesionalidad (lo cual, por cierto, suele ser habitual en la literatura confesional) al introducir un discurso de calado político. Brown defiende ante la prostitución en Pagando por ello una postura que reivindica no su regulación, sino su descriminalización y, por ende, su normalización. Obviamente, se refiere a la prostitución entendida como un libre acuerdo entre adultos consentidores que pactan mantener relaciones sexuales a cambio de dinero o beneficio económico. Y en tanto que niega el intervencionismo público en nombre de la libre autonomía individual, el estilo de esta reivindicación conecta con posiciones libertarianas (del libertarianism o liberalismo libertario).

Como es característico en los tebeos de Chester Brown, la parte gráfica de Pagando por ello va seguida de epílogo, apéndices y un amplio cuerpo de notas. En este apartado, Brown explica con claridad su postura, introduce discusiones, perspectivas contrarias, bibliografía... Da muestras en fin de una reflexión rigurosa y documentada.

Ahora, en cuanto al alcance y significación de sus tesis, Chet Brown va más allá con María lloró sobre los pies de Jesús (2016). Pues en esta nueva obra relaciona su concepción libertariana de la prostitución nada menos que con un cristianismo primigenio (prepaulino), auténtico, entendido como religión del amor.


Lo primero que viene a la mente ante la presencia de María lloró... es la obra Génesis, de R. Crumb. Cabe decir mucho acerca de la impronta crumbiana en Chester Brown. Incluso la Introducción de Pagando por ello está escrita y firmada por Crumb. En lo que respecta a María lloró..., Chet Brown es pródigo de nuevo al incluir tras las historias gráficas del libro un Apéndice y numerosas notas explicativas y aclaratorias. Y aunque son diversas las fuentes bibliográficas y gráficas citadas por Brown en el capítulo de Agradecimientos, escribe el autor (p. 190):
"Probablemente Robert Crumb sea el mejor dibujante de cómics del mundo y su GÉNESIS (2009) es su obra maestra. Desde luego es la mejor adaptación de material bíblico que conozco."
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre Génesis y María lloró sobre los pies de Jesús. Mientras Crumb realiza en su Génesis una transliteración a lenguaje de cómic del primer libro de la Biblia (y de La Torá judía o Pentateuco cristiano), sin más -y sin menos-, Brown establece unas tesis en María lloró... a partir de ciertas hipótesis inspiradas en su lectura de los textos sacros y otras fuentes. Esa es la diferencia. Aunque bien podemos añadir que si Crumb visibiliza los contenidos del Génesis representándolos, incluidas las numerosas genealogías que ese libro detalla, Brown visualiza sus propias hipótesis a cuenta de una sola genealogía, la de Jesús (según San Mateo). La sombra de Crumb, como bien sabemos, es larga y ancha.


No es cuestión de destripar en esta entrada el contenido de las hipótesis y tesis de Brown. El placer del lector en directo es insustituible, en especial cuando acompaña al descubrimiento. Sí me gustaría señalar un par de aspectos referidos al autor canadiense que enmarcan al menos mi lectura de esta ficción no ficticia que es María lloró sobre los pies de Jesús.

A pesar de lo sorprendente de las hipótesis que alimentan este cómic de Chet Brown, él se considera una persona religiosa. Más bien espiritualista, acaso. Dice así en el Apéndice de María lloró... (p. 186):
"Sea o no cristiano, lo que sí soy es una persona religiosa. Una persona cuya fe en el materialismo seglar cree que la consciencia nace de la materia, mientras que quienes somos religiosos diríamos que la materia nace de la consciencia."
Es palmario que en este texto hay un error de traducción o de composición, aunque su sentido es claro. No obstante, en una nota posterior (p.262) añade Brown al respecto:
"Hay al menos otra posibilidad: el que la consciencia y la materia hayan coexistido siempre. Si al lector se le ocurre alguna otra, por favor que me lo haga saber."
Se trata, pues, de una opción espiritualista: la consciencia es ontológica y cronológicamente anterior a la materia. Si bien, en mi opinión, el espiritualismo filosófico no tiene por qué implicar necesariamente a Dios (in spite of  George Berkeley).

Brown se considera, con todo, religioso en un sentido propio. Dado el contexto cultural occidental, no es extraño que la religión que inspira el posicionamiento de este autor sea el monoteísmo de raíz judeocristiana. Hay de hecho una versión personalizada del cristianismo por parte de Brown. Una versión que le permite compatibilizarlo con su concepción de la prostitución y en el límite con su libertarianismo. Dice así el autor en la p. 185 de María lloró..., lo cual no deja de ser una opinión respetable:
"Normalmente tiene sentido seguir las leyes del país en que se está, pero eso no tiene que ver con Dios. Dios nunca ha pedido que sigamos ley alguna. Él (o ella) nos aconsejó mediante Jesús: cuanto más ames, mejor será tu vida. El mensaje de Jesús es mucho más que eso, claro, pero este es su elemento principal."

Estas son algunas de las tesis de Chet Brown. Para conocer el resto, así como las hipótesis que las sustentan, recomiendo la lectura y disfrute de María lloró sobre los pies de Jesús.


viernes, 22 de enero de 2016

Pies descalzos, manga universal

2.600 páginas con viñetas distribuidas en cuatro tomos -sin contar los prólogos, créditos y tal- componen el cuerpo de la reciente edición completa en nuestro idioma de Pies descalzos. Una historia de Hiroshima, de Keiji Nazakawa. Cuando en julio pasado salió el primero de esos volúmenes, hice acuse de recibo [aquí] y escribí una primera aproximación a esta novela gráfica. Ahora que ha salido el cuarto tomo y la obra está culminada, prosigo mi comentario.


La lectura hasta el final de Pies descalzos trae consigo una reafirmación de los valores humanitarios, humanistas o simplemente humanos que Nazakawa proyecta en su obra. Y lo hace mediante una descripción de los horrores de la guerra que, pese a su dilatada extensión, mantiene sabiamente la atención del lector sin que a este el libro se le caiga de las manos. Todo ello intercalando apreciaciones, comentarios, amplificaciones acerca del pacifismo que la novela transmite, pero sin abandonar la pura narratividad ni el sentido del relato y sin renunciar a la violencia de muchas de las situaciones descritas. El resultado al que llega Pies descalzos es difícil de conseguir. Se trata de una gran obra, en consecuencia, que, como suele decirse, debería ser de lectura obligada.

Doble ha sido la curiosidad que ha guiado mi lectura de Pies descalzos.

En primer lugar, es natural el interés que suscita un relato basado en el desastre de Hiroshima contado por alguien que estaba allí con seis años cuando la bomba estalló. No se me escapaba que la narración de los hechos, de una brutalidad atroz, debía transmitir una relevante perspectiva moral; pero a la vez, siendo un cómic en esa tesitura, debía contener grandes dosis de savoir faire en lo que a la realización de escritura y dibujo secuenciados se refiere. No me ha defraudado en absoluto el trabajo de Nazakawa. Al contrario. El escritor Adolfo García Ortega pone Pies descalzos a la altura de la obra de Balzac, de Proust, Galdós, Tolstói... Es una consideración aceptable, siempre que apreciemos el valor de unas obras que trascienden su medio y devienen universales, independientemente de que estén escritas o dibujadas o secuenciadas o filmadas o musicadas o escenificadas, etcétera.


Un segundo interés, junto al anterior, motivó mi lectura de Pies descalzos. Veamos. El primer tomo de esta obra monumental incluye un prólogo de Art Spiegelman fechado en 1990 y titulado "Los cómics después de la bomba". También presenta en su contracubierta una cita de Robert Crumb que afirma: "Uno de los mejores cómics de todos los tiempos". Por su parte, también en la contracubierta del volumen dos de Pies descalzos hay otra cita, esta vez del mismo Spiegelman: "Esta historia tan gráfica y desgarradora hará crecer en tu memoria un cráter radioactivo que no permitirá que la olvides". Es decir, me llamó la atención el que un manga fuera reconocido como una obra capital sin ambages por Crumb y Spiegelman, dos grandes representantes del cómic underground estadounidense. Era como si hubiese un hilo conductor, una afinidad electiva, entre Pies descalzos y el comix. Y en efecto, lo hay.

La cosa tiene que ver con algo que ha ido saliendo en algunas entradas de este sitio y que resume perfectamente el título del prólogo de Spiegelman citado: "los cómics después de la bomba".

La realidad de la bomba atómica introdujo una novedad terrorífica en la Historia. La primera generación que padeció sus efectos, directos e indirectos, reaccionó ante el horror con respuestas también novedosas. Una especie de salto cuántico se produjo en los sesenta y setenta del siglo pasado -aunque con raíces en las décadas anteriores- no solo en los ámbitos sociales, políticos y cotidianos. La nueva contracultura extendida por doquier incluía maneras de expresar el desacuerdo a través del arte. Y el cómic fue una de esas maneras. La historia del noveno arte cambió para siempre gracias a aquella nueva generación de autores de tebeo. Tal vez entre los historietistas adscritos al comix prevaleció más la autoexpresión, si bien el alcance político de sus propuestas es del todo innegable (Maus como paradigma).

No obstante, la respuesta de Keiji Nazakawa al horror de la bomba mediante su cómic Pies descalzos es de todo punto moral. Tiene un valor estético, por supuesto. La historia está bien construida y narrada (a la japonesa, claro). Y en el seno de la misma historia el dibujo aparece como una suerte de catarsis individual. Pero nunca se olvida el autor del valor que puede tener la expresión artística como vehículo de superación de barreras y de cohesión social: "¡El arte no tiene fronteras!" descubre Gen, 'el de los pies descalzos'.


Una cierta inocencia aparentemente ingenua atraviesa el discurso de Pies descalzos. Es solo aparente. Lo que hay es una sencillez simbólica (ejemplificada en el símil de la espiga de trigo) que excluye lo innecesario o complejo ante el significado previsto. Estamos lejos de la incomunicación que destila Hiroshima mon amour (1959), la película de Alain Resnais basada en la escritura de Marguerite Duras. La historia de Gen Nakaoka es tebeo en estado puro. Apto para todos los públicos, lo cual no quiere decir para nada que sea infantil.

A la vez, Nazakawa lanza en su obra un airado reproche abiertamente político dirigido a todos los señores de la guerra. A los yanquis, claro está, por haber lanzado una bomba cuyas consecuencias exceden cualquier tipo de ponderación a escala humana. Pero también -y sobre todo- a la burocracia militarizada de su país, al complejo industrial-militar y al responsable último de todo ello, el emperador, pues fueron quienes sumieron de un modo fascista a los japoneses en aquella locura bélica. La puta guerra denunciada por Tardi en sus cómics no es sino una variante de lo representado por Nazakawa en Pies descalzos. Lo peor en la realidad es que el fantasma de la guerra no se ha desvanecido aún.

Yo creo que el sentido moral y político de esta obra lo expresa muy bien Nazakawa con estas palabras:

"Me gusta pensar que leer Pies descalzos ha ayudado a la gente a ser más consciente del horror de la guerra y de la bomba, así como del peligro de coartar la libertad de expresión."

La conjunción que establece el autor entre el horror de la guerra y de la bomba y la defensa de la libertad de expresión es lo que me lleva a conectar Pies descalzos no solo con el comix underground. -salvando la diferencia apuntada-, sino, a mayor escala, con lo  mejor de la civilización universal. 


lunes, 4 de enero de 2016

El reverso de Disney. Pinocchio



Wally Wood: The Disney Memorial Orgy (1967)

La expresión 'el reverso de Disney' describe buena parte de la historieta realizada desde los tiempos del underground y el posterior aullido del punk. Robert Crumb le dio la vuelta al Pato Donald de Carl Barks; Art Spiegelman puso sobre la tierra el zoomorfismo humano en Maus y, entre nosotros, Max subvirtió la versión disneyana de la obra de Barrie con su Peter Pank. Sería simplista concluir que Walt Disney es la luz, algo así como la tesis a la que se opone su antítesis, la oscuridad del underground y el punk. Simplista y desacertado, pues lo que se da en la realidad es siempre el resultado de múltiples síntesis. El mismo Max publicó a mediados de los ochenta en El Víbora una historieta titulada: "El encuentro entre Walt Disney y H. P. Lovecraft". Un encuentro ficticio, pero no del todo imposible. Pese a su apariencia edulcorada, en las obras de Walt Disney hay destellos del horror, lo mismo que se intuye la belleza en las descripciones de Lovecraft. Y por su parte, lo que muestran tanto el underground como el punk no es la neta oscuridad, sino más bien una síntesis amalgamada entre lo bello y lo siniestro, el jolgorio y la desesperación, tal cual.

[A modo de digresión, aunque no del todo. Esto del anverso y el reverso de una misma realidad, o la oposición entre dos realidades que operan como siendo una la tesis y la otra su antítesis respectiva, es algo que no está del todo claro, al menos en los ámbitos de la representación (ni, por cierto, en la vida misma). Porque en estos planteamientos se echa a faltar un tercer elemento, algo así como el tercer hombre inexistente del que hablaba Aristóteles en su crítica a Platón, aunque en otro sentido. Si nos fijamos como ejemplo en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el relato de Stevenson, veremos que cuando se dice que Hyde es la antítesis de Jekyll, en la medida en que aquel es una representación del mal, con ello se afirma indirectamente que Kekyll representa el bien, lo cual no deja de ser incorrecto. Jekyll es un personaje con unas características que distan mucho de ser excepcionales. Es, por así decir, un tipo de carne y hueso, curioso, con ambiciones... un tipo normal (aunque con una muy buena posición social). Para ver a Hyde como la antítesis de alguien, haría falta un tercer hombre, un tercer personaje en la novela que representase el bien absoluto, en la misma medida en que Hyde representa el mal. Pero ese hombre, sencillamente, no existe en el relato de Stevenson. Jekyll y Hyde no son antitéticos. Son dos versiones de una misma realidad, de tal modo que ambas se encuentran interconectadas y una remite a la otra. Análogamente, Walt Disney, por un lado, y el cómic under-punk, por el otro, son dos formas de representar que en ocasiones aluden a lo mismo, si bien de distinta manera, siendo en esos casos como el haz y el envés de una misma hoja.]

Pinocchio (2008), de Winshluss (pseudónimo de Vincent Paronnaud, n. 1970) es un cómic que  se obstina en mostrar, y bien que lo consigue, el reverso (o uno de los reversos) de Disney.



Esta es una obra que conjuga la difícil armonía entre lo bello y lo siniestro a que aludía antes. Participa de la línea trémula, peculiar tanto de otros miembros de la nouvelle bande dessinée -Joann Sfar- como de los comix de Crumb. En cuanto al guion, la narrativa de Winshluss en Pinocchio es un ejercicio de agudeza que teje con precisión una historia tan sombría como lo pueda ser Le avventure di Pinocchio (1883), la novela original de Carlo Collodi, solo que a la altura de nuestro tiempo. Aunque al final no es una historia tan sombría. Es más bien arrebatada. Y tiene un gran sentido del humor (genial lo de Pepito Cucaracha). Si el aullido punk puede a veces actuar como conjuro, aquí en mi opinión lo consigue.


La sombra de Walt Disney no es tan solo alargada. Es también expansiva. Alimenta el Pinocchio de Winshluss, una especie de reflejo invertido de las películas de aquel productor. Lo atestigua en la trama de esta obra la presencia de "Blancanieves y los siete enanitos" (imagínense cómo), animalitos del bosque incluidos. En una entrevista [aquí], Winshluss declara que Pinocchio, de Disney, fue la primera película que vio en un cine con seis años. Y entre otras muchas cosas, también afirma lo siguiente:
"Yo no soy un artista que utilice el arte como terapia ni ninguna de esas chorradas. Simplemente, hay cosas que me llaman la atención o enigmas en mi vida que quiero resolver."  (Subrayado mío.)
La ambivalencia preside la expresión artística. Winshluss ofrece una lectura política a escala global de las aventuras de Pinocho; pero a la vez crea un espacio de proyección de fantasmas individuales, tanto suyos como del lector. La infancia late tras el aullido. Pero la cosa no se limita al consuelo, a la mera consolación ante el desconsuelo. Hay por parte de Winshluss (por parte de lo mejor de la estética under-punk, diría yo) una actitud de descreimiento sin la cual, paradójicamente, el alcance político de sus propuestas no llegaría tan lejos. O se desvanecería como los testimonios sobreactuados.

Me perece interesante dejar [aquí] un enlace de Tebeosfera sobre la saga en cómic de Le avventure di Pinocchio.


domingo, 29 de noviembre de 2015

Aquí. La casa. El tiempo


Aquí (Here), de Richard McGuire -me refiero a la novela gráfica (2014) del autor neojerseyano, una versión expandida y en color de su anterior historieta homónima, publicada en seis páginas de RAW en 1989- es un libro que tiene una cierta profundidad oblicua. Trata de un vasto eje temporal, vastísimo más bien, que atraviesa un "aquí", esto es, una misma coordenada espacial tridimensional suspendida entre un pasado remoto y un no menos remoto futuro. Por supuesto, dado que lo que pasa a través de ese eje temporal es una sucesión desordenada -en sentido cronológico- de momentos, escenarios, personajes no solo humanos y así, Aquí trata de muchísimas otras cosas. Es casi un manual de cosmología centrada en la vida doméstica. 


McGuire consigue en esta obra representar no diré que lo irrepresentable, pero sí algo que escapa comúnmente a la representación mediante imágenes estáticas. Me refiero a la cuarta dimensión. En mi imaginario, la película británica El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), dirigida por George Pal y basada en la novela de H. G. Wells, representa esa cuarta dimensión (con imágenes dinámicas) acertadamente. Recuerdo en particular la secuencia en la que Rod Taylor intenta convencer de su hallazgo a sus descreídos amigos usando una reproducción en miniatura de la máquina del tiempo. Sienta en ella un puro habano doblado, pone en marcha el artilugio y ante los espectadores la máquina desaparece. No obstante, el prota les dice a sus invitados que la máquina sigue estando ahí, solo que en otra dimensión. El resto de la película es una ambientación imaginativa de las peripecias de un héroe que viaja por un futuro con escenarios cambiantes sin apenas moverse del sitio. El punto de partida de Richard McGuire (n. 1957) en Aquí puede ser análogo. Pero es en este caso a través de viñetas superpuestas poéticamente, esto es, sujetas tan solo a la lógica personal del autor, como logra McGuire sugerir la riqueza de significados que entraña la idea del devenir de un mismo espacio en el tiempo.

Todo esto puede parecer abstruso, pero no lo es en absoluto. Aquí es un artefacto gozoso y estéticamente bello.


El motivo de la mayoría de los encuadres de Aquí es la estancia principal de una casa. Mientras leía la novela de McGuire me vino a la mente La casa, la novedad en el arte gráfico de Daniel Torres. Sin embargo, son dos obras no equivalentes, ni en extensión ni en intensión. Richard McGuire representa en Aquí algo que enlaza de algún modo con Una breve historia de América, esas doce viñetas en las que R. Crumb sintetiza a partir de un mismo encuadre lo que el título de su historieta expone. Es como una foto fija que cambia en función del tiempo de la captura. Un prodigio del arte secuencial, en la medida en que es el devenir del tiempo el que se cuela entre viñeta y viñeta y sacude la conciencia del espectador. El planteamiento de Torres en La casa es otro. Y el resultado, obviamente, es distinto. No obstante, también al leer y contemplar La casa se le cuela en la retina al lector una representación de la cuarta dimensión.

Imagen de "La casa", de Daniel Torres

Es llamativo que el hogar como centro de atención del artista sugiere un motivo suficiente para suscitar obras que trascienden la mera descripción del lugar. Supongo que este interés artístico por la casa conecta con el interés de los historiadores que concentran sus estudios en la vida cotidiana y en la microhistoria. Pues a fin de cuentas es esta, la microhistoria, la especialidad académica que acaso se adapta mejor a las posibilidades narrativas y expresivas de la novela... y del cómic en general.

Página de la historieta original "Here"

Comentario aparte se merece, desde luego, La casa. Crónica de una conquista, de Daniel Torres. 


domingo, 1 de noviembre de 2015

Ramón Boldú y 'la guerra de nuestros padres'

Son muchos los cómics que tratan de un modo u otro la experiencia de la guerra vivida por nuestros padres, tanto en su vertiente nacional (la guerra del 36-39) como internacional (la II GM). Los surcos del azar (2013), de Paco Roca, es un buen exponente en la medida en que da noticia de ambas guerras, que fueron dos versiones de la misma.


Pero ahora me quiero referir a aquellos tebeos que recogen la voz del padre del autor, es decir, tebeos que narran vivencias paternas de guerra desde la voz del progenitor, una voz más o menos filtrada por la mediación del hijo, que es quien a la postre realiza el tebeo. Esto es algo así como escribir-dibujar en el nombre del padre. Cuál sea la interpretación del sentido de esta asunción filial es una cuestión abierta. Obviamente, no se trata de contar las batallitas de papá. El asunto es otra cosa.


Supongo que la cosa empezaría con Maus (1977, 1980-1991), de Art Spiegelman. El padre de Spiegelman le cuenta a este su vida sobre todo en un campo de concentración durante la II GM y a la vez el propio Spiegelman se dibuja a sí mismo en tanto que se involucra en la historia.


Más recientemente, Jacques Tardi le da voz a su padre en Yo, René Tardi Prisionero de guerra en Stalag IIB (2012, 2014). Aquí la fuente del relato paterno no es oral, sino escrita. Y narra también la experiencia en un campo de prisioneros alemán durante la II GM, seguida por la posterior vuelta a casa del prisionero ya liberado. También Jaques Tardi se representa a sí mismo en las páginas de la historia de su padre, a modo de avatar que actualiza el relato.


En cuanto a la guerra española del 36, preludio de la mundial, Miguel Gallardo ilustró una narración de su padre en Un largo silencio (1997). Gallardo fue un adelantado en nuestro país (como lo sería después con María y yo pero en otro respecto) a la hora de exponer gráficamente la experiencia de su padre en la época del fascismo. Un largo silencio es un libro a caballo entre la literatura y el cómic. Abrió, como digo, camino.


La propuesta de Gallardo guarda relación con El arte de volar (2009), de Antonio Altarriba y Kim. Aquí el relato de la figura paterna -el padre de Altarriba- está más pormenorizado, abarca mayor duración. La voz del protagonista se compagina con la voz del narrador...


La trilogía iniciada con Un médico novato (2013) y continuada con Atrapado en Belchite (2015), de Sento Llobell, es la puesta en viñetas de No se fusila en domingo, el libro de memorias del suegro de Sento, centrado también en la vivencia de la guerra española del 36. En este caso, el cómic expone los hechos como en tercera persona, despojados de la voz de su protagonista, aunque es más que reconocible esa voz.


La vida es un tango y te piso bailando (2015), de Ramón Boldú (n. 1951), se suma también a esta lista de cómics que tocan la experiencia de la guerra vivida por el padre del realizador del tebeo. El libro refiere también otros temas a la manera habitual de Boldú, esto es, medio en serio, medio en broma. Con todo, Boldú es un autor de los que no dan puntada sin hilo, aunque a veces pueda despistar por su desenfado al lector. Nos lo pasamos pipa leyendo a Boldú y este será un cachondo completo, pero eso no le quita seriedad ni rigor a lo suyo.

Biografía del padre y autobiografía del hijo se combinan en La vida es un tango y te piso bailando. A Boldú se le considera un adelantado en nuestro país en el género secuencial autobiográfico. En 1995 publicó el libro Bohemio pero abstemio (colección de historietas aparecidas en El Víbora a comienzos de los años noventa) y en 1998 Memorias de un hombre de segunda mano. Ambos títulos fueron "remasterizados" por el autor y publicados en 2009 en un único volumen. Se trata de una crónica viva de los años del postfranquismo desde una óptica que aúna lo personal (de Boldú) con el momento histórico. Densa, pero muy divertida. En 2008 salió El arte de criar malvas. En 2010, Sexo, amor y pistachos. La antología Panorama. La novela gráfica española hoy (2013) recogió de Boldú la historieta "Los guionistas nunca ligan". Y ahora, en 2015, aparece La vida es un tango... Todo esto, por lo que a la autobiografía de este autor se refiere. 

Boldú es un historietista informado y formado. Se le percibe en contacto con el underground (americano y europeo), con el humor gráfico a lo Hara Kiri ("Dedicado a mis maestros Wolinski y Cabú", leemos en el frontispicio de La vida es un tango), con el Jean Giraud de La Desviación (más cercano a este en el costumbrismo familiar que a Andrea Pazienza), con lo que se ha ido produciendo en el medio aquí y allá (hasta una página en homenaje al Little Nemo de McCay encontramos en El arte de criar malvas).

A propósito del asunto que nos ocupa en este post, escribe Boldú en una viñeta de la p. 27 de Bohemio pero abstemio. Memorias de un hombre de segunda mano (2009):
"En la pág. anterior quise emular a Art Spiegelman, el dibujante de cómics que se ha hecho rico y famoso con su libro "Maus", en el que su padre le cuenta las aventuras que pasó en los campos de concentración. Pero tuve que dejarlo porque mi padre, en lugar de ser judío como el padre de Spiegelman, es catalán de Lérida."
La emulación de Spiegelman la llevará a cabo Boldú, claro que a su manera, precisamente en La vida es un tango.


Boldú aborda en La vida es un tango esta materia de 'La guerra de nuestros padres' de un modo que está en perfecta consonancia con el resto de su producción anterior. Es la actitud underground la que trasparece de nuevo; un underground vitalista y festivo, lúdico, de inspiración crumbiana, instalado en el tiempo, que usa la autoexpresión a través de viñetas, que va más allá de la mera representación de las obsesiones, que conecta con anhelos -reprimidos u olvidados o no- del lector, que utiliza la risa como catarsis...

En concreto, pese a un cierto aparente desorden en la exposición narrativa, La vida es un tango finaliza -y se inicia- con una propuesta a manera de superación de los desastres de la guerra. Un juego de mesa. "El tango libre". Una especie de ajedrez sin violencia -donde no se mata- y sin rey. Con su tablero, sus fichas y reglas (incluido todo ello en el cómic). Un ajedrez del amor.

Puede parecer naíf la propuesta de Boldú, pero en todo caso lo sería tanto como ingenuas pudieran haber sido las consignas de 'La imaginación al poder', 'El verano del amor' o 'La revolución de las flores californianas'.

Y es que, a mi modo de ver, en el salto cuántico que aportó a la historia de la humanidad la generación de los nacidos después de (o durante) la Guerra del 36-II GM, influyó la locura de un mundo atenazado por la violencia institucionalizada después de la guerra.

Esto es: El giro existencial (contracultural y postexistencialista) que estalló en los años sesenta del siglo pasado podría haber nacido, en parte, como respuesta ante una tensión bélica que se había institucionalizado. En concreto, la de la guerra fría. Más el franquismo aquí. Sería como si los miembros más lúcidos de las primeras generaciones nacidas en la postguerra se hubiesen dicho a sí mismos: "Ya que somos impotentes para desarmar al poder o para desactivar su locura, pasemos de todo y mantengamos los ojos abiertos. El goce es un arma cargada de futuro".


Esta habría sido la postura de R. Crumb. Lo da a entender el sentido de su carrera. Y lo dan también a entender unas palabras que escribió a su amigo Marty Pahls en una carta de 1962, recogida en el epistolario titulado Tus ganas de vivir me horrorizan. En efecto, refiriéndose a lo que él denomina "la Bomba" (bomba de hidrógeno, bomba atómica), escribió Crumb:
Como dije en Ohio, creo que simplemente me he vuelto insensible al tema de la Bomba... Solía preocuparme por ello hasta ponerme enfermo cuando tenía once, doce, trece años... pero poco a poco dejas de preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada al respecto, y que no me está causando ningún daño, así que me preocuparé sobre ello cuando suceda si es que sucede.
Como dije en otro post [aquí], se me ocurre que las flores sesenteras de Berkeley fueron una liberación psicológica -y vital, por supuesto- de unos jóvenes ya hartos del horror, el horror.


La obra de Ramón Boldú encaja en este planteamiento.

Tras el relato de unos hechos -entre otros- que acontecieron en la guerra de nuestros padres, La vida es un tango y te piso bailando culmina con la propuesta lúdica de Boldú. Es una salida coherente y valiosa. Nunca se sabe lo que podrá ocurrir.


Como dije antes, Boldú no da puntada sin hilo. 





domingo, 6 de septiembre de 2015

Beto y Xaime, Hernandez y Hernandez


Leí antes a Gilbert. Me impactó tanto, que su efecto se interpuso después cuando accedí a Jaime. Dicho en breve, pasé a formar parte de los que preferían a Beto frente a Xaime entre los hermanos Hernandez (desconozco el trabajo de Mario).

Mi impresión se vio reforzada al encontrarme con estas palabras de Robert Crumb (extraídas de la amplia entrevista realizada al dibujante por Gary Groth y publicada en The Comics Journal, núm. 121, en abril de 1988):
"Una de las cosas que más me han gustado últimamente es Sopa de gran pena, de Gilbert Hernandez. Me parecen cómics muy ricos. Me gustan más que los trabajos de Jaime."
A continuación, Crumb explica su preferencia en términos de "lo real", más presente según su opinión en la obra de Gilbert que en la de Jaime. (En las páginas 146-147 del libro R. Crumb. Entrevistas y cómics, publicado en 2014 por Gallo Nero Ediciones, se encuentran las opiniones de Crumb al respecto.) 

Más allá de la fecha de las palabras de Crumb, cuando aún no se había desplegado por completo el trabajo de Beto y de Jaime Hernandez, comenzar a conocerlos con Sopa de gran pena, como a mí me ocurrió, es algo que impresiona de tal modo al lector que no es extraño decantarse por Gilbert en detrimento de Xaime, Puede ser que el "efecto realidad" trasparezca en primera instancia, si se quiere, mejor en la obra temprana de Beto que en la misma de Jaime. Pero hay más variables en juego. Y el motivo de la realidad en el arte es siempre un asunto complejo. 


Sin embargo, tras la última obra de Jaime Hernandez, Chapuzas de amor (2015), me he replanteado mi preferencia por Beto. Chapuzas me ha metido de nuevo en el universo de Locas y me ha llevado a releer todo el trabajo anterior de Jaime sobre ese universo. Una relectura gozosa. Pues he descubierto a un autor tan impresionante como su hermano. Y digo 'tan' porque creo, ahora ya, que no es cuestión de debatir acerca de cuál de los dos es mejor. Gilbert (Beto) Hernandez y Jaime (Xaime) Hernandez son dos enormes autores. Quizás el hecho de que sean hermanos, unido a la cercanía de fechas entre sus edades convierte en inevitable la comparación. Quizás, pese a esa cercanía (Beto nació en 1957, Jaime en 1959), pueda haber una distancia generacional entre ambos, la que media entre "lo progre" y "lo punk". Quizás, en fin, esa misma cercanía no solo de fechas, sino también el entorno común -mexicano en los Estados- que los dos representan en sus cómics, cada uno a su modo, dificulta la adecuada percepción de la singularidad respectiva de ambos. (En el límite, quien tenga hermanos cercanos sabrá lo que digo). 

De manera que el asunto de las preferencias entre los Hernandez se queda, creo yo, a la altura de otras preferencias como las que puedan establecerse entre Borges y Cortázar, por poner un ejemplo. O entre Hammett y Chandler. O incluso, si me apuran, entre Moebius y Pratt. La cosa va por días, por momentos tal vez. Lo que es innegable es que entre los grandes las comparaciones están de más. 

Obviamente, este post solo contiene una declaración personal. Hasta ahora no le he dedicado entradas a Jaime Hernandez en el blog. Por efecto de Chapuzas de amor he constatado cómo crece la obra de este autor ante las relecturas. Creo que Xaime ha ido creando una gran novela gráfica por episodios, cercana a las mil páginas. Supongo que iré dando cuenta aquí de algunas de mis impresiones ante esta magnífica novela cuyo título acaso, si aceptamos que el de Locas es el de una parte de ese todo, resulta aún impreciso. 



martes, 17 de marzo de 2015

Del yo al nosotros. Lo que (me) está pasando

"En la lucha entre uno y el mundo,
hay que estar de parte del mundo." (Franz Fafka)


Lo que (me) está pasando se anuncia como "La primera novela gráfica de Miguel Brieva". Así consta en la faja que acompaña al libro, aderezada con bocadillos así:

¡¿Novela qué?! ¡Pero ¿qué chorrada es esa?!

Pues lo que viene a ser un tebeo de toda la vida, vaya... Ahora lo llaman así para que parezca algo importante. 

Es decir, hay un planteamiento comercial metadiscursivo en el lanzamiento de este nuevo tebeo, en consonancia con los trabajos anteriores de Brieva.

Lo cierto es que en sus otros libros (Bienvenido al mundo, Dinero, etc.) Miguel Brieva nos ofrece recopilaciones de un humorismo gráfico compuesto de viñetas y tiras cómicas, cuya coherencia se la proporciona la mordacidad en su crítica del capitalismo ( ver aquí ) y de la filosofía existencial. Ahora, con Lo que (me) está pasando, Brieva nos presenta una obra de más largo recorrido. Y no solo por la unidad de una narración continua -pese a su presentación fragmentaria- que gira en torno a un personaje definido: Víctor Menta; sino, sobre todo, por ser este un personaje individual al principio que va deviniendo poco a poco en personaje colectivo. Esa es la sustancia de esta novela.



Si bien los conocedores de Brieva encontrarán en este nuevo libro una síntesis organizada de su temática recurrente, se sorprenderán ante la capacidad de este autor a la hora de hilvanar una historia que enlaza lo particular y local con lo general y global.

Lo que cuenta Miguel Brieva en Lo que (me) está pasando no es una historia solipsista, pese al planteamiento inicial del relato. Algo de esto queda sugerido en el título. Aunque aparentemente estamos ante un caso que bordea la clínica de una psique individual, pronto descubre el lector que la cosa no va (solo) de eso. La barrera que separa un ego particular del entramado social se diluye ante la mirada compartida por el autor y el lector, en la medida en que ambas miradas conectan.

La estrategia de Brieva consiste en mostrar que lo que le pasa a uno es indisoluble del estado general del presente, pues tanto el yo individual como la realidad colectiva son una construcción y son, en cuanto tales, ficticias. Lo que no significa que no sean reales. Y es que hay, en efecto, un planteo filosófico en el trabajo de Brieva. De hecho -y de un modo general-, el espacio de la representación de este autor se caracteriza a menudo, entre otras cosas, por estar teñido de filosofía.Y en ocasiones no solo como subtexto.


Filosofía existencial, filosofía política. Dialéctica omnipresente que no es de ahora (ya Aristóteles decía que la Ética forma parte de la Política, porque la ciudad es anterior al indivíduo y lo incluye).

Ante esa dialéctica Individuo / Comunidad, la opción de Miguel Brieva parece estar clara. Y de hecho, resuenan en su obra las palabras de Agustín García Calvo:

"...la escuela esa de la existencia, que está dominada por el dinero,..."

pronunciadas en la plaza de la Puerta del Sol de Madrid en mayo de 2011, esto es, en plena efervescencia del denominado 15-M ( aquí ).

La lectura es obvia. No es preciso ser reduccionista y convertir Lo que (me) está pasando en un panfleto político para darse cuenta de que hay un subtexto filosófico-político muy claro en esta obra. La mirada dibujante de Brieva recoge la voz de los que salieron a la calle en la primavera de 2011. Vino a ser una voz colectiva identificada vagamente con una generación de jóvenes sin futuro. Pero lo cierto es que era una voz ni exclusiva de "jóvenes" (o sí, según se mire; ahí estaba García Calvo), ni reclamaban un futuro inexistente, sino un presente robado.

Por otra parte, admitiremos que ese "me" introducido subrepticiamente en el título y abiertamente en el cuerpo de Lo que (me) está pasando libera a Brieva de la cuestionable pretensión de ser un mero portavoz y menos aún un notario de la realidad. 


En cuanto al estilo (a fin de cuentas, la excusa de este blog es el cómic), lo más evidente es la cercanía -salvando las distancias- gráfica y conceptual entre Miguel Brieva y el underground de los Crumb, Shelton, Justin Green y compañía. Yo aprecio más Crumb en los libros anteriores de Brieva. En Lo que (me) está pasando, en cambio, encuentro más a Green. No tanto en el dibujo, que conserva el aire crumbiano, sino en la autoexpresión de un sujeto alienado que unifica la obra. Sería desde luego una tontería decir que la comunidad de acción en que se inserta Víctor Menta al final es un trasunto de la Virgen María que conoce Binky Brown.

No se trata de eso ni de epatar como sea. Es la autoexpresión de un sujeto alienado dibujada en cómic, repito, lo que me recuerda cuando leo Lo que (me) está pasando al Justin Green de Binky Brown conoce a la Virgen María y, por cierto, también a Prisionero en el Planeta Infierno, de Art Spiegelman. Incluso, si me apuran, vería yo aires del discurso de Mi madre era esquizofrénica, de Chester Brown, en la novela de Brieva. Por no hablar de Charles Burns.

La escritura de Lo que (me) está pasando está trufada de citas. Una de ellas es la de Franz Kafka que encabeza este post. Es suficiente para intuir por dónde van los tiros en esta novela. El resto se lo dejo a los lectores. El cómic como medio es un espacio de la representación vinculado al goce. El fin de este medio puede ser muy variado. 



viernes, 16 de enero de 2015

La novela nacional. Nosotros llegamos primero

Pasó por mi mente titular este post La ensalada nacional, pero de inmediato lo descarté. Me pareció que hubiera sido tan limitado como cuando los árboles, por su frondosidad, nos impiden ver un bosque. O como cuando contemplamos un conjunto abigarrado de signos tan impactantes que no dejan percibir el orden interno que los entrelaza.


El bosque delimitado por Nosotros llegamos primero, de Ignacio Murillo, "Furillo" (n. 1976) es una novela gráfica con un argumento preciso y nítidamente narrado. Una novela que de hecho, dado el asunto que trata y el modo en que Furillo desarrolla su guion -y en cuanto tebeo-, estaría más cerca de Vida en otro planeta, de Eisner, que de las space opera así etiquetadas. Lo que nos cuenta Furillo no es una aventura de buenos y malos (o la lucha del bien contra el mal) y menos aún resuelta a tiros. Aquí los personajes son lo que son, si bien hay uno que es aún peor y que sirve para aglutinar el relato. 

Los árboles de Nosotros llegamos primero son las viñetas que configuran este bosque. Y ocurre que es tal su pregnancia que, como decimos, bien pueden ocultar el valor de lo que se nos cuenta. Circula por ahí la descripción "el Crumb zaragozano" para referir el estilo caricaturesco de Furillo. Sería un Crumb cañí, en todo caso, pasado por la batidora del tebeo de aquí.

Y es aquí, en este contexto tebeístico, donde cobra sentido la expresión La novela nacional para resumir, si es eso posible, el enorme trabajo que hay detrás de Nosotros llegamos primero. Un doble trabajo en realidad, pues este se manifiesta tanto en el plano del contenido como en el plano de la expresión... en la medida en que fuera posible discernir entre expresión y contenido acaso en general, pero específicamente en Nosotros llegamos primero.


Para no extenderme más de momento, bastará con destacar que el grafismo de Furillo entronca con una tradición muy de "nuestro tebeo", a la vez que la historia que él nos cuenta en Nosotros llegamos primero enlaza con otra tradición muy de aquí, la cual consiste en descojonarse de la seriedad impostada, por ver si pudiéramos superar o enviar al garete de una vez lo que es motivo de risa.


martes, 6 de enero de 2015

El constructo americano

Escribí en otro post, a propósito del Génesis de Crumb:

Suele afirmarse en el ámbito de la música clásica que un buen número de las mejores misas católicas fueron compuestas por un protestante, J. S. Bach. De igual modo, ...

De igual modo, añado ahora, se puede afirmar que un buen número de cómics "americanos" (estadounidenses) están ideados, escritos y dibujados -realizados, en fin- por autores europeos, tanto continentales como británicos. Son tebeos que recogen un imaginario común, compartido, que toma como referentes aspectos de un constructo cultural visualizado a través de novelas, películas,  anuncios, televisión, música, etc. Y que permanece como fuente y marco de escenografías adecuadas para diferentes historias.


Por el lado continental, Los desesperados (Les désarmés, 1991, 2010), de Mezzo (Pascal Mesemberg, n. 1960) y Pirus (Michel Pirus, n. 1962) es un buen ejemplo de cómic de factura francesa que bien podría pasar, o así lo parece, por tebeo genuinamente americano. Y no lo digo solo por la localización de la historia en el desierto tejano a unas horas de la frontera con México. Además de ser un thriller muy negro con atracos, disparos, sheriff, matones y elementos de road movie, Los desesperados incluye una interesante revisión, por así decirlo, del mito de la madre americana.


Otro tanto sucede con la serie Pin-up (1994, 2010), de los también franceses Phillippe Berthet (n. 1956) al dibujo y Yann (Yannick le Pennetier, n. 1954) al guion. En este caso, bajo el más puro formato franco belga, el imaginario escenificado por los autores y perfectamente identificable por el lector abarca las batallas del Pacífico durante la segunda guerra mundial, el Hollywood de los años cincuenta, la guerra fría sesentera, Las Vegas... La aparición de personajes históricos reales en algunas tramas aporta verosimilitud a lo narrado, a la vez que introduce sugerencias acerca de los límites entre realidad y ficción.


Por el lado británico, la serie Kane (desde 1993), del inglés Paul Grist (n. 1960), presenta las peripecias de un detective del departamento de policía de New Eden, ciudad ficticia pero reconocible en cuanto se adapta al imaginario específico de las novelas y series americanas del género. Corrupción, traiciones, desencanto y algo de humor son integrados por Grist en el seno de una estética en que resalta su dominio del blanco y negro y de las composiciones de página.



Si a esto se añade la importantísima aportación de directores de cine -y artífices de otras industrias culturales- de origen europeo en la realización de ese constructo al que me refiero, resulta que estamos ante una representación ideal, por no decir ficticia, en la que lo simbólico se alía con lo imaginario hasta el punto de incidir en la configuración de lo real. Eso sí, artísticamente.