Salud y tebeos

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Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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domingo, 18 de febrero de 2018

'Barcelona de Blanco'. Multivisión dibujada

Suele decirse que hay tres lunas. El astro en sí -satélite rocoso de la Tierra-; la luna subjetiva, privada -la que cada uno mira, imagina y sueña- y la luna que se muestra en los telescopios y en las pantallas. Y en sentido lato, las tres son reales (siendo el caso al cabo que no es una sola la luna ni son estas tres, sino muchas). 

Josep Maria Blanco nos ofrece en su libro Barcelona de Blanco una versión de estas múltiples lunas, a propósito de la ciudad de Barcelona. Con lo cual, contemplando esta obra se multiplican las visiones de la capital layetana. 


Blanco (Josep Maria Blanco Ibarz, n. 1926) es un dibujante que desarrolló su carrera como tal en la revista TBO. Refiriéndose a él en el libro 100 años de TBO (p. 260), escribe Antoni Guiral (la declaración de Blanco procede de una entrevista personal de Guiral con el dibujante): 
Algunos años después del cierre de TBO, tuvo una idea que le permitió volver a la actividad profesional: "De hacer una historieta con muchas viñetas, pasé a hacer una viñeta con muchas historias, y todas ellas ambientadas en Barcelona"; así nació Barcelona de Blanco (Ediciones B, 1993), con unas espectaculares ilustraciones corales.
Una nueva edición de Barcelona de Blanco se publicó en 2017. A las veintiocho láminas de la edición de 1993, con textos de presentación de Josep M. Cadena, se le suman en la nueva otras trece, dando como resultado un álbum de cuarenta y un estampas de multitudes. Los textos de las láminas añadidas son de Antoni Guiral.

En este enlace [aquí] Carles Geli ofrece información detallada acerca de Barcelona de Blanco y de su creador. De cómo y por qué Blanco pasó de dibujar viñetas de un solo movimiento en TBO a emular las multitudes de Opisso con meticulosidad de entomólogo. Y del buen rollo de Blanco en su relación con Benejam. Ahí declara el propio Blanco refiriéndose a sus dibujos: "más que mirarlos, has de leerlos, porque se pueden perder muchos detalles".


Aplicando la metáfora de las múltiples lunas a este libro de Blanco, hay una pluralidad de visiones  de Barcelona que convergen en él.

Está, enraizada en su propia geografía física (tierra, mar y aire), la Barcelona urbanizada y urbana, con su trazado de calles, plazas, avenidas, edificios y monumentos. Con su peculiar geografía humana, su población residente y migrante, su confluencia de tradiciones, su vitalidad.

Se encuentra también la Barcelona subjetiva, privada, íntima. La que uno conoce (o ha conocido) directamente y por referencia. La que se agazapa y pervive en las imágenes y recuerdos, las asociaciones mentales, la biografía en definitiva -personal, familiar y social- del lector o contemplador.

Los dibujos de Blanco dan cuenta asimismo de una Barcelona de postal... secuenciada. Para la confección de las láminas que componen el libro, el autor ha seleccionado treinta y siete localizaciones que desde cuarenta y un perspectivas (cinco de las láminas corresponden al Camp Nou) configuran las otras tantas estampas de que se compone Barcelona de Blanco. Muchos de los lugares más emblemáticos de Barcelona están recogidos aquí. Y también los más turísticos. Los que más suelen salir en los medios. Es muy llamativo el hecho de que en la mayoría de las láminas, entre tanta multitud, hasta en la cubierta del libro, Blanco dibuja personajes con una cámara, sea de fotografía, de vídeo o de televisión, incluso tal vez de cine. (Digo en la mayoría, porque en unas pocas de las láminas yo no he detectado ninguna cámara, lo cual no significa que no las haya, como tampoco estoy seguro de haber apreciado algún rodaje cinematográfico como tal. Y por cierto, esa ausencia de cámaras en los dibujos de Blanco me ha parecido hallarla en las estampas correspondientes a la Barcelona más íntima.) Los objetivos de estas muchas cámaras recogen imágenes que luego serán emitidas en informativos, documentales, publicidad, dispositivos particulares... (la tercera luna).

A estas visiones de Barcelona se añaden las que proyecta la cámara fotográfica que usa Blanco para preparar sus ilustraciones. Y también, cómo no, la mirada del autor que unifica el conjunto de cada lámina y le da vida con sus dibujos. Una mirada autoinclusiva, pues el propio Blanco se dibuja a sí mismo dibujando en sus láminas.

Finalmente se encuentran los ojos del fruidor, del lector, del contemplador. En mi caso, provisto de gafas, pero también de lupa con luz para no perder detalle de esta maravilla.

Hay, por tanto, una suma de lentes oculares y ópticas que, junto a las imágenes subjetivas de unos y otros, y junto a los dibujos del autor en definitiva, intervienen a la hora de configurar esas múltiples visiones que confluyen en Barcelona de Blanco y a las que se refiere esta entrada.


domingo, 21 de enero de 2018

Cien años después (2): Yo quiero un tebeo

1917 no fue solo el año de la revolución bolchevique o el año de la revolución -en otro orden- que supuso la exposición del urinario La Fuente en el Salón de los Independientes de Nueva York. 1917 fue también el año de la aparición de la revista TBO en los quioscos de prensa españoles.

Como cabía esperar, la efemérides tuvo una recepción destacada en el mundo de los tebeófilos, compuesto por aficionados, coleccionistas, editores, comentaristas, críticos...

Se entiende perfectamente la importancia concedida a este centenario. TBO no fue la primera revista infantil o juvenil publicada en España. Sin embargo, por una curiosa sinécdoque, a lo lago del siglo XX la palabra tebeo, usada como nombre común, acabó designando cualquier ejemplar de cualquiera de las muchas revistas de historietas que abundaron en nuestro país. No leíamos comics, y menos aún cuadritos, bedés o fumetti, sino tebeos. (En alguna ocasión he leído u oído que en Cataluña ocurrió lo mismo respecto a la revista En Patufet: llegir un patufet = leer un tebeo.) La sinécdoque evolucionó hasta ser aplicada para designar no ya solo un cuaderno de historietas, sino también la historieta misma entendida como medio. El fenómeno se produjo cuando algunos teóricos, comentadores y críticos empezaron a usar tebeo, historieta y cómic como términos sinónimos (al hablar indistintamente, por ejemplo, del lenguaje de la historieta, el lenguaje del cómic o el del tebeo).

Además de esta circunstancia lingüística, a la hora de valorar la importancia de TBO se encuentra el número de variables (o constantes, según se mire) históricas, políticas, biográficas, sociales, etc., que incidieron en TBO y condicionaron sus años de publicación. De 1917 a 1983, salvo un paréntesis comprensible -la maldita guerra- entre el 38 y el 41, la revista original, con sus correspondientes modificaciones y etapas, se mantuvo en los quioscos. Posteriores vicisitudes editoriales prolongaron la existencia de TBO en los anaqueles no solo entre 1986 y 1998, sino prácticamente, de una forma u otra, hasta nuestros días. Solo Pulgarcito (1921-1987), otra gran cabecera de tebeo "para todos los públicos" de la época, compite con TBO en cuanto a su dilatada existencia en activo. Ambas revistas se encontraban sujetas al mismo vaivén de las circunstancias, aunque cada una con sus particulares maneras y estilos de afrontar el presente. Aun así, no leíamos pulgarcitos, sino Pulgarcito, que era el nombre de un tebeo.

De entre los homenajes producidos (publicados) aquí en 2017 con motivo del centenario de TBO, dejo  ahora constancia de dos. El primero, 100 años de TBO, es un lujoso libro exquisitamente ilustrado, escrito por Antoni Guiral y realizado con la colaboración de Lluís Giralt. Tiene un subtítulo bien significativo: La revista que dio nombre a los tebeos.

El segundo es Yo quiero un tebeo. Homenaje a una publicación centenaria 1917-2017. Se trata de un volumen colectivo, coordinado por Manuel Barrero. Plasma en papel los artículos del número que la revista electrónica Tebeosfera dedicó al asunto (nº 2, tercera época, ver aquí).

 


Poco puedo yo añadir ante la precisión de ambas publicaciones, rigurosamente documentadas. El acopio de datos es mayor en el libro de Antoni Guiralt, orientado sobre todo a la información histórica y así cabalmente ordenado. Espectaculares me parecen -por su calidad, su oportunidad y su pluralidad- las ilustraciones que enriquecen el texto (se diría que esta edición es sensible al horror vacui reconocible en las páginas de TBO, aunque con menor abigarramiento en el libro). Al cabo, 100 años de TBO es una obra que me lleva a recordar el origen del término teoría, equivalente a contemplación. Es una obra contemplativa, en sentido pleno. Enseña, ilustra y proporciona goce, no solo visual.

En Yo quiero un tebeo predomina un poco más en mi opinión la hermenéutica, la vis interpretativa de los autores de los respectivos capítulos del volumen, si bien no se me escapa que esta opinión puede estar motivada precisamente por eso, por la diversidad de autores que componen la obra, cada uno con su bagaje particular. No obstante, salvando las naturales diferencias entre tales comentaristas, hay una homogeneidad en el enfoque desde el que se consideran los temas tratados. Es un enfoque que surge de la constatación objetiva del país y la época en que se dio la revista TBO, una constatación realizada con un aparato crítico totalmente actual. Conforme al espíritu y a la letra del proyecto Tebeosfera, el registro de datos fehacientes es la fuente principal que alimenta los papers de Yo quiero un tebeo.

Este cuidado exquisito en la observación y el registro de información verificable es común al libro de Guiral y al de Tebeosfera. Hasta el punto de que Guiral bien podría haber tenido un espacio propio en Yo quiero un tebeo, y al contrario. De un modo u otro, la historia de la España del siglo XX trasparece, se cuela entre las líneas y los espacios en blanco de 100 años de TBO, igual que en los de Yo quiero un tebeo. Es lo que sucede con todos los tratados de "Historia de...". En este contexto, adquiere significado el hecho de que a partir especialmente de su segunda etapa, iniciada en 1941 y hasta su final, la revista TBO sintonizó de un modo tal con la realidad del país, que hizo suyo el inmovilismo característico de la España franquista, gobernada por aquel régimen investido de un Movimiento inmóvil.

Llámenle sintonía con el régimen, llámenle contemporización. No pensaba entrar en el comentario de los artículos que componen Yo quiero un tebeo, por no eternizar este post. Pero hay uno de referencia inevitable según lo que vamos diciendo: "TBO, ¿Bajo Franco o con Franco?", escrito por Vicente Sanchís.

En cualquier caso, si hubo sintonía, bien que pragmática, fue de la parte de arriba, de la dirección (Albert Viña) de la revista. Respecto a los que hicieron posible la presencia de TBO en los quioscos, los trabajadores, los dibujantes en especial, supongo que hubo contemporización. Sería una ignominia suponer otra cosa, dadas sus circunstancias (biográficas, contractuales, laborales). Leyendo las referencias a unos u otros dibujantes que aparecen en estos homenajes a TBO, no deja de aparecer la expresión "era un hombre bueno". No había más remedio que contemporizar. Cada uno haciendo aquello que mejor sabía o podía. El invierno del dibujante (Paco Roca). Clásicos en Jauja (Pedro Porcel). El artefacto perverso (Hernández Cava-Del Barrio).


Cien años después... ¿qué tenemos? Ocasión de celebrar, registrar, interpretar, homenajear, dejar constancia.

Quizás veinte años no es nada, pero cien sí. Los tiempos han cambiado y con ellos los que los habitan y amueblan. Hoy en día, la caída del predominio del papel como soporte y vehículo de la cultura popular, asequible, a través de la prensa: prensa generalista, prensa gráfica (otra cosa era la prensa especializada, menos popular), se ha llevado por delante la existencia de los tebeos como cuadernos o revistas de hitorietas disponibles en los quioscos (los mismos quioscos son cada vez menos de prensa). O tempora, o mores. Los dispositivos y cachivaches electrónicos se han apoderado del tiempo presente.

Como efecto y como causa a la vez de este cambio en las costumbres, el entretenimiento infantil y juvenil ya no pasa por los tebeos. Es más, ¿mataría hoy las horas de su infancia un niño como Hergé dibujando? ¿O lo haría con videojuegos?

Pero (hoy parece que voy de frases hechas, están para la ocasión), si bien la vida es breve, el arte en cambio es largo. Los tebeos de quiosco han desaparecido, pero permanece el tebeo. El cómic. El arte de la historieta. Y lo cierto es que gracias a aquellos tebeos existen hoy las novelas gráficas y todas los libros de cómic que abundan en las librerías, especializadas y generalistas, físicas y virtuales. El cómic o tebeo como medio tiene mucha vida por delante, con diferentes soportes. Como cualquier otro arte. (Incluido el cine. Ya no se usará el celuloide, pero aún se les llama películas (films) -otra sinécdoque- a las concatenaciones de imágenes en movimiento según el lenguaje cinematográfico.)

Cien años después... la revista TBO crece entre nosotros gracias a publicaciones como 100 años de TBO y Yo quiero un tebeo.