Salud y tebeos

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(Winsor McCay)
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lunes, 15 de mayo de 2017

Arte y picana (Sobre 'Pinturas de Guerra')

No sé yo si es posible un cómic no narrativo (o posnarrativo), esto es, si esa posibilidad no encerrará una contradicción en sus términos y por tanto su existencia como tal ha de ser imposible. En cualquier caso, es este un debate para nada excluyente que, siendo de lo más interesante, pierde fuelle ante Pinturas de Guerra, una novela gráfica escrita y dibujada por Ángel de la Calle (n. 1958) y publicada en la primavera en que estamos. Dejaremos lo de la historieta posnarrativa, entonces, para otra ocasión. Porque narrativa gráfica es ante todo Pinturas de Guerra.

No obstante, en el corazón de esta novela hay un posicionamiento acerca de la naturaleza del arte que tal vez conecta con aquel debate acerca de la superación de la narratividad (el storytelling) como inherente al lenguaje del cómic; una conexión que, de darse, remite a una conversación entre ambas partes plagada de elementos comunes, independientemente de sus respectivas conclusiones.



Pinturas de Guerra se centra en un momento de la historia del arte contemporáneo en el que el informalismo derivó en arte conceptual y, más allá de las instalaciones, en un cúmulo de actuaciones de artistas comprometidos políticamente y deseosos de innovar sacando el arte de los museos. El arte entendido como acción política. El posicionamiento a que me acabo de referir, entonces, es el que llevó a una generación de jóvenes artistas desde el rechazo del realismo social, propugnado por los informalistas y el expresionismo abstracto, hasta la aceptación del compromiso político como única vía artística y auténticamente seria de transformación de la sociedad. La revolución cubana fue el detonante que puso en marcha (o reactivó) el giro realista y el compromiso político de un arte consagrado al servicio de la revolución. La actividad de los situacionistas y el mayo del sesenta y ocho influyeron también decisivamente, adaptando el compromiso a los nuevos tiempos. 

Ciertas fuentes, por cierto, relacionan el auge (la moda) del expresionismo abstracto con la manipulación que un Nelson Rockefeller y hasta la CIA ejercieron al influir activamente de múltiples maneras -a través de publicaciones, mediante instituciones artísticas- en contra del realismo socialista y a favor de aquel arte moderno descrito, en palabras de Rockefeller, como "la pintura de la libre empresa". (Esto no es teoría de la conspiración, aunque lo parezca; hoy sabemos que la CIA se interesó seriamente incluso por la actividad intelectual de los filósofos y estructuralistas franceses.)

En el ámbito del cómic, dos de esas fuentes que digo son, por un lado, Âme Rouge, el tercer álbum de Blacksad (de Díaz Canales y Guarnido) y, por otro lado, Bête Noire, tercera 'graphic novel' de la serie Grandville (de Bryan Talbot). Rockefeller y la CIA implicados políticamente en la trama del arte del siglo XX. 



La novela de Ángel de la Calle da cuenta del autorrealismo, una efímera y casi desconocida intervención de arte en la calle que se dio en París a finales de los años setenta o primeros ochenta del siglo pasado, protagonizada por unos pocos artistas latinoamericanos exiliados y supervivientes de los infiernos de las dictaduras del Cono Sur.

Pero Pinturas de Guerra no es un tratado de historia del arte. Es, ya lo hemos dicho, una novela gráfica.



La picana eléctrica es un instrumento de tortura utilizado por la policía política de diferentes países de Latinoamérica (Chile, Uruguay, Argentina) durante los regímenes de las dictaduras militares instauradas a fuego y a sangre en aquellos territorios, no del todo ajenos al nuestro, en los años de plomo del dominio de los generales. Fueron muchos y terribles los procedimientos vejatorios infligidos a los detenidos por los torturadores, algunos de ellos de una crueldad espantosa. La picana simboliza el horror de aquel periodo abominable. Permanece impune la ausencia de los desaparecidos.

Ángel de la Calle ha tejido con estos y otros mimbres Pinturas de Guerra. La obra podría haber sido Poemas de Guerra (Juan Gelman), Canciones de Guerra (Víctor Jara), Tebeos de Guerra (H. G. Oesterheld)... El autor ha elegido a los pintores, en particular autorrealistas, para configurar su novela. El alcance de la misma trasciende obviamente el marco de la pintura. Deviene literatura gráfica netamente política, bien repleta de significaciones

Los otros mimbres de la novela proceden de la actriz Jean Seberg (icono que llena À bout de souffle, de Godard) y de una proyectada biografía suya. También están Rayuela, de Julio Cortázar (el París de La Maga) y El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (los giros que auspicia el I Ching, la novela dentro de la novela), presentes sobre todo en la arquitectura narrativa de la obra (Pinturas de guerra es así, también, una especie de metanovela). Intervienen o aparecen en la historia un montón de personajes, unos con su nombre real (Juan Goytisolo, Guy Debord, Alberto Cardín...), otros con nombre inventado (aunque con su correspondencia real) y otros, pocos, finalmente ficticios. Hay incluso una autoficción ucrónica (¿Dick?) de Ángel de la Calle. Y un papel destacado de la CIA y de la policía francesa. Pinturas de Guerra no es sin embargo una amalgama abigarrada. Al contrario, sorprende la fluidez narrativa que Ángel de la Calle imprime a tantísima información como la que articula en su obra. 

La sombra -la luz- de Roberto Bolaño es enorme. El realismo visceral de Los detectives salvajes y ese otro dechado de imaginación verdadera que es al cabo La literatura nazi en América me han acompañado en mi lectura de Pinturas de Guerra, magnífica novela gráfica de Ángel de la Calle.

De las condiciones de posibilidad de un tebeo no narrativo hablaremos en otra ocasión.



viernes, 27 de marzo de 2015

Action painting en Cómic. De Blacksad a Grandville (y viceversa)


Blacksad apareció primero: nueve años antes que Grandville. El álbum inicial de la serie Blacksad (Díaz Canales-Guarnido) es del año 2000; la primera 'graphic novel' de Grandville (Bryan Talbot), de 2009. (El que se se use la palabra "álbum" en un caso y "graphic novel" en el otro no es irrelevante.) En el orden de la producción, hay una diferencia temporal que se suma al cúmulo de cuestiones de hecho que individualizan no ya cada serie, sino cada ejemplar de la serie. 

Ahora bien, si atendemos al estricto espacio de la representación, la sincronía se impone. Como bien sabe Tardi -por poner un ejemplo-, en el marco de la figuración coexisten los pterodáctilos, las momias egipcias y el París de la Belle Époque. Es así, también, como Aquiles es vencido por la tortuga a través de los siglos. (O como este post permanece virtualmente en la nube.) 

En ese espacio atemporal de la representación coexisten Blacksad y Grandville. Y si la remisión mutua es poco menos que inevitable por lo que una y otra serie comparten, lo es también por lo que las diferencia. Ambas, además de estar protagonizadas por humanos zoomorfos -o animales antropomorfos-, rinden culto al género policíaco, recurren prácticamente a todos los códigos de ese género, alientan una lectura política, cultural, amorosa, etc. de lo que relatan. Ambas, en fin, conciben el entretenimiento de un modo que además deja huella, pues sus creadores son artistas a la hora de inscribir lo imaginario en lo real mediante sus guiones, guiños y citas.

Pero ocurre a la vez que no hay género sin especie, ni especie sin ejemplares concretos. Y de ahí las diferencias en el orden de la representación. En el caso de Blacksad y Grandville, estas son bien visibles. Las dos series se ajustan, respectivamente, a diferentes variantes o modalidades del género policiaco; se desarrollan en coordenadas espaciotemporales distintas con su diversidad de escenarios; el imaginario que sugieren, el trazo y el dibujo, su plástica y su estética son diferentes; sus luces y sus zonas de penumbra, por consiguiente, también.

Estas diferencias más que evidentes entre Blacksad y Grandville, amalgamadas o sintetizadas por el lector, conforman ante sus ojos algo así como dos marcos diversos de significación. Dos grandes estilos que imprimen sendos aires de familia y cuya diversidad, en el límite, puede ser anclada geográficamente de un modo tal que recuerda a la que se da en otros ámbitos (filosófico y jurídico, p. e.) en base a una distinción entre los términos "anglosajón" y "continental" aplicados a esos ámbitos. Aunque no se trata ahora de abordar el asunto de un cómic de corte anglosajón netamente diferenciado de un cómic continental, al cotejar Blacksad y Grandville asoman sugerencias en esa línea. Y bueno, después de todo, el logro final de un tebeo no está determinado por su adscripción a uno u otro marco. Igual que sucede en Derecho y en Filosofía, las diferencias entre el estilo anglosajón y el continental son al cabo solo eso, diferencias de estilo. Con todas sus implicaciones.

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Por el lado de las afinidades, a mí me ha interesado particularmente el recurso a la historia del arte contemporáneo en general, y a las artes plásticas en particular, que los autores de ambas series practican.

Blacksad: Âme Rouge
Grandville: Bête Noire


Recorriendo Blacksad y Grandville, se descubre de vez en cuando una viñeta que contiene un guiño pictórico que remite a un cuadro en particular. Esto no es exclusivo de estas dos series. Ahí está el reciente libro La pintura en el cómic, de Luis Gasca y Asier Mensuro, para comprobarlo. En estas citas pictóricas, el dibujante transmite una señal que el lector, si es el caso, re-conoce. Este no se enfrenta a la percepción con la mente en blanco o como tabula rasa (a mayor conocimiento, mayor reconocimiento). Y no cabe duda de que los autores, the artists, juegan en muchos casos -en los mejores- con una trama de signos cuyo significante pasa desapercibido para el lector común. Aunque este, "el lector común", no deja de ser una abstracción. Solo hay lectores, como artistas, individuales.

Sin embargo, tanto en el tercer álbum de Blacksad, titulado Âme Rouge, como en la tercera 'graphic novel' de Grandville, Bête Noire, sus autores introducen algo más que referencias pictóricas puntuales.

La consideración de la historia del arte (contemporáneo o no) a través del lenguaje del cómic alcanza otra dimensión cuando un guion realizado, dibujado, refiere un capítulo de esta historia como uno de los elementos constitutivos del guion. Esto es lo que practican tanto en Âme Rouge como en Bête Noire sus autores. Y lo más curioso es que en ambos casos, tanto Díaz Canales y Guarnido como Talbot recurren a un mismo apartado de la historia del arte. En concreto, al momento de auge del expresionismo abstracto específico de la escuela de Nueva York (Pollock, Rothko, De Kooning, Gorky, Gottlieb...).


Alma roja y Bête Noire se desarrollan en tiempos y escenarios distintos. Y obedecen a sendas concepciones de la trama también diferentes. No voy a desvelar aquí nada. Solo indico que, de un modo nada anecdótico, Canales-Guarnido y Talbot encuentran en el expresionismo abstracto materia para estos tebeos, de manera que la narrativa visual de estos autores integra en sus relatos con tremenda eficacia discursiva uno de los episodios de la historia del arte contemporáneo.

Y no lo llevan a cabo mostrando un arte puro o desinteresado como auxilio estético. Antes al contrario. El motivo del expresionismo abstracto y su entorno es introducido por estos autores en la configuración de Alma roja y de Bête Noire, siendo en cada uno de estos títulos parte importante o puntal de la acción respectiva. En ambos casos, de un modo u otro, esta corriente artística alimenta la trama; sirve al relato.

Y en este sentido, viendo los resultados, lo que hacen con el expresionismo abstracto Canales-Guarnido y Talbot en estos tebeos no es utilizarlo como ornamento o a la manera del "arte por el arte", sino que más bien lo incrustan en el relato como un "arte para el arte".

Es un arte vivo, que actúa. Opera en el seno de la acción y de la propia historieta.

Action painting para el Cómic, entonces.






jueves, 5 de septiembre de 2013

Blacksad

Decir que la marca distintiva de que algo es bueno es que tenga éxito viene a ser tan incierto como decir que el éxito es la señal distintiva de que algo es bueno. Lo hemos dicho alguna vez.

Y para qué nos vamos a engañar, el mito de que la relación establecida entre ambas variables, calidad y éxito, es inversamente proporcional no es más que eso, un mito del mismo calibre que aquel otro que afirma lo contrario, esto es, que la relación entre la calidad y el éxito es directamente proporcional.

Lo que ocurre más bien es que sucede lo que sucede y es el caso lo que es el caso.

Y es el caso, entonces, que hay veces en que la calidad y el éxito van de la mano.

Como en Blacksad.


Los artífices de este International Bestseller!, literalmente forrado de premios y elogios, son dos españoles de origen: Juan Díaz Canales (n. 1972) y Juanjo Guarnido (n. 1967). Dicen que el primero se ocupa de los guiones y el segundo de los dibujos. En cualquier caso, la combinación es asombrosa. Un ejemplo perfecto de tándem en el mundo del cómic.


Tuvo que ser Francia, una vez más, la que descubriese la valía y el potencial de Blacksad. Y es la editorial Dargaud la que hasta ahora ha publicado originalmente los cuatro títulos de la serie: Un lugar entre las sombras (2000), Artic-Nation (2003), Alma Roja (2005) y El infierno, el silencio (2010). Esa misma editorial está a punto de publicar el quinto volumen de Blacksad, cuyo título ya conocemos: Amarillo.  Y por tanto, es Dargaud la que mantiene los copyright del invento. Ni que decir tiene que el idioma original de la serie es el francés.

En español están traducidos y editados los hasta ahora cuatro títulos en álbumes independientes. La misma editorial de aquí publicó en 2011 un volumen integral, en catalán, que incluye la serie completa más extras. Es esta última una muy buena edición que además gratifica el bolsillo.