Salud y tebeos

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viernes, 26 de mayo de 2017

Los Sexcéntricos. De la creación al calvario

"Lo de que aprovechase los antiguos Sexcéntricos fue el último consejo que me dio Vázquez." (R. B.)


Dice Ignacio Vidal-Folch que Ramón Boldú es un hombre sin imaginación. Aunque luego añade: "Probablemente por eso es nuestro mejor (por no decir único) dibujante autobiográfico". 

Lejos de confundir la imaginación con la fantasía, yo más bien pienso que Boldú posee una imaginación portentosa. No solamente la requerida para concebirse a sí mismo y representarse durante cientos de páginas de narración gráfica, que no es poca cosa. La imaginación de Boldú se manifiesta además a la hora de componer sus relatos, por más que el contenido de los mismos responda a situaciones y a hechos verificables. La autobiografía, en última instancia, viene a ser la fuente que aglutina los contenidos de toda imaginación. 

Y así Los Sexcéntricos. De la creación al calvario (2017), el último relato autobiográfico de Ramón Boldú, confirma la capacidad de este historietista para sorprender al lector de sus cómics.  



Porque estamos ante un cómic, principalmente. En la línea de tebeos anteriores de Boldú, aunque de dos en particular: Bohemio pero abstemio (1995) y Memorias de un hombre de segunda mano (1998). Ambos libros recopilan sendas series homónimas de historietas, publicadas las dos en la revista El Víbora (y en la italiana Totem); la primera entre 1991 y 1995 y la segunda entre 1995 y 1998. Un tomo de la editorial Astiberri aparecido en 2009 recoge en un solo volumen los dos títulos. 

Tebeos posteriores de Boldú también autobiográficos, como El arte de criar malvas (2008), Sexo, amor y pistachos (2010) y La vida es un tango y te piso bailando (2015) difieren de los anteriores en el sentido de que nacieron ya como cómics monovolumen. No son recopilaciones de series de historietas previas. [El verso libre, por así decir, en la producción de Boldú es La voz que no cesa (2013), excelente biografía gráfica de Miguel Hernández con guion de Ramón Pereira.] 

Por su parte, el reciente Los Sexcéntricos. De la creación al calvario parte de una serie de historietas que, con el título Los Sexcéntricos, fueron publicadas semanalmente en la contraportada de la revista Lib (1976-1982) y en revistas y periódicos de Alemania. Sin embargo, no se trata de una recopilación. Boldú nos cuenta en su nueva obra diferentes vicisitudes colaterales y otras circunstancias que rodearon a la publicación de su vieja serie, perdida y hallada al final aunque en estado lamentable. Es decir, Boldú elabora una nueva novela gráfica a partir de ciertos materiales previos, solo que recuperados en parte y, lo que es más importante, insertos en un nuevo relato autobiográfico de corte plenamente actual. 

La fuente de la imaginación de Boldú, digo arriba, es la autobiografía. Pero su sustancia, lo que da forma a esa imaginación es el cómic. La narración gráfica. El autor se ganó la vida durante la Transición colaborando y como director artístico en las revistas del grupo Z, particularmente Lib. Luego dio el salto a la historieta propiamente dicha cuando inició en El Víbora la serie autobiográfica que daría pie a su primer largo, Bohemio pero abstemio. A partir de ahí, coser y cantar -por decirlo de algún modo- en lenguaje de cómic hasta La vida es un tango. En medio se quedaron experiencias más o menos frustradas con otras revistas, como El Jueves y Barragán

En El arte de criar malvas Boldú ensayó la técnica del tebeo dentro del tebeo. Ahora consuma esa técnica engarzando la serie Los sexcéntricos en una novela gráfica de nueva planta, si bien un capítulo de la misma apareció por vez primera como historieta en la antología Panorama. La novela gráfica española hoy, de 2013, bajo el título "Los guionistas nunca ligan", lo cual es una prueba de la lenta maduración a que el autor somete sus obras. Y es una prueba también de la importancia que Boldú concede a los guiones y, al cabo, a la parte literaria de sus cómics. 


A corto plazo puede ser que interese un montón la intrahistoria de la prensa gráfica española que cuenta Boldú en sus novelas, incluida especialmente esta nueva que es un auténtico metatebeo. Cuando nadie recuerde experiencias directas de la época de Asensio, Berenguer, Vázquez y tantísimos otros que aparecen en los tebeos de Boldú quedarán, me parece, la frescura y el savoir faire que este autor imprime a sus obras.

Mención especial se merece la presencia de Vázquez en Los Sexcéntricos... Y la velada o no tanto alusión a su imitador en el arte de la historieta.


domingo, 17 de enero de 2016

La voz que no cesa. Verso a viñeta, viñeta a verso

En La vida es un tango y te piso bailando (2015) [enlace] Ramón Boldú, mientras se autibiografía hablando de su padre y demás familia, se las arregla para intercalar unas páginas que cuentan ciertos hechos referidos a la estancia de Miguel Hernández en la cárcel, en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Hacia el final de ese mismo tebeo, Boldú informa al lector de que en 2012 dejó de dibujar La vida es un tango para centrarse en exclusiva en un cómic sobre la vida del poeta oriolano. En la viñeta -y página- siguiente Boldú sigue: "Hola.Ya estamos en 2014"... 

El caso es que en 2013 apareció el tebeo La voz que no cesa, cuyo subtítulo es Vida de Miguel Hernández


En este cómic, Ramón Boldú dibuja un guion de Ramón Pereira que se adapta como un guante al estilo secuencial de aquél. Y viceversa, el arte secuencial de Boldú representa fielmente el guion de Pereira. De paso, Boldú confirma una vez más la seriedad y el rigor con que acomete sus tebeos, aunque teñidos de coña. Solo que, en este caso, la vida y las circunstancias -sobre todo la muerte- de Miguel Hernández no dejan lugar a la broma.

Pereira y Boldú (dos Ramones) sintetizan en 120 páginas lo esencial, por así decir, de una vida y una obra poética acaecidas durante "La Edad de Plata" de las letras y ciencias españolas [enlace]. Un periodo fecundo, pero también convulso y finalmente trágico. Lo curioso es que de un modo bastante generalizado, la figura real de Miguel Hernández está como velada por su propia leyenda. La imagen del poeta cabrero que encuentra en las trincheras su voz es tan poderosa como inerte. Pero los autores de La voz que no cesa descongelan esa imagen animándola, es decir, dotándola de significado y vida.

Por este biomic desfilan un montón de figurantes, unos de primer orden cultural e histórico, otros de menor circunstancia. Pero todos secundarios (de reparto) respecto al foco de la atención, la vida y la obra de Miguel Hernández. Así nos enteramos de cómo fueron ciertamente las cosas en torno al poeta. De entre lo que leemos en este cómic, algunas noticias sonrojan. Otras nos indignan. Otras emocionan (la viñeta enorme en que Miguel se entera de la muerte de su amigo, p. e.).  Lo que más se manifiesta en todo caso es la bonhomía y el ánimo de un sujeto mal tratado que ennobleció la tragedia con su aliento y con su palabra poética.


En la composición de las páginas de La voz que no cesa se dan cita el dibujo y la voz, hasta el punto de obtenerse la representación de un lenguaje poético. Impresiona, de hecho, la conjunción o simbiosis entre poesía y cómic lograda. A este respecto, precisamente, escribe Ramón Boldú en un epílogo de la obra: 

"A lo largo de todo este tiempo trabajando con Ramón Pereira (...) me he dado cuenta de la similitud que existe entre los poetas y los realizadores de cómic. Cuando uno realiza cómics en Epaña, sabe lo que puede llegar a sufrir un artista; y he descubierto que Miguel fue un artista que sufrió como nadie y, a pesar de ello, nunca perdió el ánimo."

Cómic y poesía coinciden aquí, sí. Pero no solo en este tebeo. El cómic y la poesía, como señala Boldú (aunque él, más prudente, dice "los poetas y los realizadores de cómic"), tienen mucho en común. Son dos manifestaciones productivas que proceden, las dos, de aquellas dos virtudes clásicas que los griegos denominaron respectivamente 'poiesis' y 'techne'. Tiene el arte del cómic su poiesis y su techne. Y la poesía también.

Ambas actividades, cómic y poesía, producen resultados novedosos, obras que antes no existían. Y por eso se dice que tales obras son creaciones. El poeta crea versos y poemas. Y el historietista viñetas y guiones. Con mejor o peor fortuna, uno y otro crean o intentan crear. Producciones que previamente a la actividad que las constituye no eran patentes. (Eso viene a ser el crear: pasar una obra de no ser a ser.)

Y cualquiera que acometa estas empresas -dibujar un cómic, escribir un poemario- sabrá de los sinsabores y dichas que acompañan al lote hasta el momento de ver publicada la obra. No solo en España, por cierto. Depende de hacia dónde miremos.

A continuación añade Boldú a manera de conclusión vitalista de esa simbiosis:

"Ahora, una vez acabado nuestro cómic, he tomado la decisión de ser como él: juro por lo más sagrado que nunca voy a perder el ánimo."

Verso a verso, viñeta a viñeta, digo yo. O verso a viñeta, viñeta a verso. 


lunes, 9 de noviembre de 2015

¿Podemos hablar de algo más agradable? Roz Chast


Cuando el principio de realidad se impone abruptamente sobre el principio de placer, pintan bastos para quien lo padece. Una situación de ese estilo la viven, con variados matices, los hijos cuyos padres envejecen decrépitos hasta el fin de su ciclo biológico. Es muy duro hacerse cargo. Y es más duro aún cuando los padres son como un espejo que anticipa lo que nos espera a todos.

Este tipo de situación real no hace distingos entre aquellos a quienes se impone. Y por contrapartida, cada uno la afronta a su manera. Roz Chast (n. 1954) nos relata con imágenes y palabras en ¿Podemos hablar de algo más agradable? su experiencia personal al respecto. No es un asunto agradable, desde luego. Sin embargo, hablar de ello no tiene por qué ser del todo desagradable. Como suele suceder con los tabúes, depende del acierto, de la inteligencia y del arte con que se acometa la empresa. Y el acierto inteligente y artístico puede conllevar un efecto liberador.


Siempre hay como una terribilità que comporta la lucidez al enfrentarse a esta experiencia. Y la hay, también, a la hora de representarla. En el caso de Roz Chast, es una terribilità rebajada, doméstica, situada a una escala netamente humana. Esta es, quizás, la manera adecuada de sobrellevar una situación terminal como la descrita. De igual modo, en el ámbito de la representación, la crudeza de lo representado puede ser tratada de un modo amable. No sublime, si se quiere, pero sí más que amable, en concordancia con la humanidad del asunto tratado.

En un post anterior, hablando de 'la guerra de nuestros padres' (a propósito de Ramón Boldú [aquí]), quedó abierta la interpretación de los sentidos posibles de la asunción por los hijos de la voz y experiencia de sus progenitores. Uno de esos sentidos pasa por la autoexpresión del artista a través de sus padres, donde al fin lo que prevalece es la propia autoexpresión. La cual puede o no a su vez apuntar a algún sentido más o menos liberador o superador de las coerciones padecidas por la generación anterior, etc.

Nos movemos entonces en el terreno de la literatura confesional de temática no ficticia, tan del agrado de cierta novelística gráfica actual.

Uno de los antecedentes de este tipo de novelas lo encontramos en Marcel Proust. Pura confesionalidad y pura narración no ficticia es lo que hay en À la Recherche du temps perdu. No es que yo me obsesione buscando a Proust en las novelas gráficas americanas. Es que me lo encuentro, literalmente. Y así, la página 196 de ¿Podemos hablar de algo más agradable? la cumple una cita de "Por el camino de Swann", de Proust: la metáfora de la crisálida. Es en realidad una metáfora que inspira todo el cap. 17 del libro de Roz Chast, igual que la lectura de Proust puede haber inspirado el libro entero.

Con lo cual, hay una manera exquisita, proustiana, de tratar circunstancias cotidianas, domésticas. En torno al intento de mostrar lo innombrable o lo innominado, hacerlo accesible por proximidad. Convertir la autoexpresión en una obra de arte que es también un espejo para el espectador. Pues todos al fin, si no hemos pasado, pasaremos por ello.

Lo mejor de la novelística gráfica se da cuando disuelve (o funde, no sé) las barreras que separan la alta, media y baja cultura. Son barreras artificiales, como lo es lo que de verdad importa, la cultura sin más. Si no fuera por ella, la naturaleza nos devastaría.

Roz Chast demuestra en ¿Podemos hablar de algo más agradable? que es posible obtener cierta satisfacción, de variada índole, si se habla de un modo agradable acerca de cosas que son de por sí ciertamente desagradables. El arte en este tipo de literatura se da cuando lo simbólico nos sobrepone ante lo real y exorciza lo imaginario terrible que nos acucia. Roz Chast lo consigue.

P. S. Me resonó en algún momento de la lectura de ¿Podemos hablar de algo más agradable? la película Amor, de Michael Haneke. Pero no, aunque sin embargo. En el filme no se autorrepresenta un narrador interpuesto. Ambas obras exploran las posibilidades de dos medios diferentes, el cine y el cómic.




domingo, 1 de noviembre de 2015

Ramón Boldú y 'la guerra de nuestros padres'

Son muchos los cómics que tratan de un modo u otro la experiencia de la guerra vivida por nuestros padres, tanto en su vertiente nacional (la guerra del 36-39) como internacional (la II GM). Los surcos del azar (2013), de Paco Roca, es un buen exponente en la medida en que da noticia de ambas guerras, que fueron dos versiones de la misma.


Pero ahora me quiero referir a aquellos tebeos que recogen la voz del padre del autor, es decir, tebeos que narran vivencias paternas de guerra desde la voz del progenitor, una voz más o menos filtrada por la mediación del hijo, que es quien a la postre realiza el tebeo. Esto es algo así como escribir-dibujar en el nombre del padre. Cuál sea la interpretación del sentido de esta asunción filial es una cuestión abierta. Obviamente, no se trata de contar las batallitas de papá. El asunto es otra cosa.


Supongo que la cosa empezaría con Maus (1977, 1980-1991), de Art Spiegelman. El padre de Spiegelman le cuenta a este su vida sobre todo en un campo de concentración durante la II GM y a la vez el propio Spiegelman se dibuja a sí mismo en tanto que se involucra en la historia.


Más recientemente, Jacques Tardi le da voz a su padre en Yo, René Tardi Prisionero de guerra en Stalag IIB (2012, 2014). Aquí la fuente del relato paterno no es oral, sino escrita. Y narra también la experiencia en un campo de prisioneros alemán durante la II GM, seguida por la posterior vuelta a casa del prisionero ya liberado. También Jaques Tardi se representa a sí mismo en las páginas de la historia de su padre, a modo de avatar que actualiza el relato.


En cuanto a la guerra española del 36, preludio de la mundial, Miguel Gallardo ilustró una narración de su padre en Un largo silencio (1997). Gallardo fue un adelantado en nuestro país (como lo sería después con María y yo pero en otro respecto) a la hora de exponer gráficamente la experiencia de su padre en la época del fascismo. Un largo silencio es un libro a caballo entre la literatura y el cómic. Abrió, como digo, camino.


La propuesta de Gallardo guarda relación con El arte de volar (2009), de Antonio Altarriba y Kim. Aquí el relato de la figura paterna -el padre de Altarriba- está más pormenorizado, abarca mayor duración. La voz del protagonista se compagina con la voz del narrador...


La trilogía iniciada con Un médico novato (2013) y continuada con Atrapado en Belchite (2015), de Sento Llobell, es la puesta en viñetas de No se fusila en domingo, el libro de memorias del suegro de Sento, centrado también en la vivencia de la guerra española del 36. En este caso, el cómic expone los hechos como en tercera persona, despojados de la voz de su protagonista, aunque es más que reconocible esa voz.


La vida es un tango y te piso bailando (2015), de Ramón Boldú (n. 1951), se suma también a esta lista de cómics que tocan la experiencia de la guerra vivida por el padre del realizador del tebeo. El libro refiere también otros temas a la manera habitual de Boldú, esto es, medio en serio, medio en broma. Con todo, Boldú es un autor de los que no dan puntada sin hilo, aunque a veces pueda despistar por su desenfado al lector. Nos lo pasamos pipa leyendo a Boldú y este será un cachondo completo, pero eso no le quita seriedad ni rigor a lo suyo.

Biografía del padre y autobiografía del hijo se combinan en La vida es un tango y te piso bailando. A Boldú se le considera un adelantado en nuestro país en el género secuencial autobiográfico. En 1995 publicó el libro Bohemio pero abstemio (colección de historietas aparecidas en El Víbora a comienzos de los años noventa) y en 1998 Memorias de un hombre de segunda mano. Ambos títulos fueron "remasterizados" por el autor y publicados en 2009 en un único volumen. Se trata de una crónica viva de los años del postfranquismo desde una óptica que aúna lo personal (de Boldú) con el momento histórico. Densa, pero muy divertida. En 2008 salió El arte de criar malvas. En 2010, Sexo, amor y pistachos. La antología Panorama. La novela gráfica española hoy (2013) recogió de Boldú la historieta "Los guionistas nunca ligan". Y ahora, en 2015, aparece La vida es un tango... Todo esto, por lo que a la autobiografía de este autor se refiere. 

Boldú es un historietista informado y formado. Se le percibe en contacto con el underground (americano y europeo), con el humor gráfico a lo Hara Kiri ("Dedicado a mis maestros Wolinski y Cabú", leemos en el frontispicio de La vida es un tango), con el Jean Giraud de La Desviación (más cercano a este en el costumbrismo familiar que a Andrea Pazienza), con lo que se ha ido produciendo en el medio aquí y allá (hasta una página en homenaje al Little Nemo de McCay encontramos en El arte de criar malvas).

A propósito del asunto que nos ocupa en este post, escribe Boldú en una viñeta de la p. 27 de Bohemio pero abstemio. Memorias de un hombre de segunda mano (2009):
"En la pág. anterior quise emular a Art Spiegelman, el dibujante de cómics que se ha hecho rico y famoso con su libro "Maus", en el que su padre le cuenta las aventuras que pasó en los campos de concentración. Pero tuve que dejarlo porque mi padre, en lugar de ser judío como el padre de Spiegelman, es catalán de Lérida."
La emulación de Spiegelman la llevará a cabo Boldú, claro que a su manera, precisamente en La vida es un tango.


Boldú aborda en La vida es un tango esta materia de 'La guerra de nuestros padres' de un modo que está en perfecta consonancia con el resto de su producción anterior. Es la actitud underground la que trasparece de nuevo; un underground vitalista y festivo, lúdico, de inspiración crumbiana, instalado en el tiempo, que usa la autoexpresión a través de viñetas, que va más allá de la mera representación de las obsesiones, que conecta con anhelos -reprimidos u olvidados o no- del lector, que utiliza la risa como catarsis...

En concreto, pese a un cierto aparente desorden en la exposición narrativa, La vida es un tango finaliza -y se inicia- con una propuesta a manera de superación de los desastres de la guerra. Un juego de mesa. "El tango libre". Una especie de ajedrez sin violencia -donde no se mata- y sin rey. Con su tablero, sus fichas y reglas (incluido todo ello en el cómic). Un ajedrez del amor.

Puede parecer naíf la propuesta de Boldú, pero en todo caso lo sería tanto como ingenuas pudieran haber sido las consignas de 'La imaginación al poder', 'El verano del amor' o 'La revolución de las flores californianas'.

Y es que, a mi modo de ver, en el salto cuántico que aportó a la historia de la humanidad la generación de los nacidos después de (o durante) la Guerra del 36-II GM, influyó la locura de un mundo atenazado por la violencia institucionalizada después de la guerra.

Esto es: El giro existencial (contracultural y postexistencialista) que estalló en los años sesenta del siglo pasado podría haber nacido, en parte, como respuesta ante una tensión bélica que se había institucionalizado. En concreto, la de la guerra fría. Más el franquismo aquí. Sería como si los miembros más lúcidos de las primeras generaciones nacidas en la postguerra se hubiesen dicho a sí mismos: "Ya que somos impotentes para desarmar al poder o para desactivar su locura, pasemos de todo y mantengamos los ojos abiertos. El goce es un arma cargada de futuro".


Esta habría sido la postura de R. Crumb. Lo da a entender el sentido de su carrera. Y lo dan también a entender unas palabras que escribió a su amigo Marty Pahls en una carta de 1962, recogida en el epistolario titulado Tus ganas de vivir me horrorizan. En efecto, refiriéndose a lo que él denomina "la Bomba" (bomba de hidrógeno, bomba atómica), escribió Crumb:
Como dije en Ohio, creo que simplemente me he vuelto insensible al tema de la Bomba... Solía preocuparme por ello hasta ponerme enfermo cuando tenía once, doce, trece años... pero poco a poco dejas de preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada al respecto, y que no me está causando ningún daño, así que me preocuparé sobre ello cuando suceda si es que sucede.
Como dije en otro post [aquí], se me ocurre que las flores sesenteras de Berkeley fueron una liberación psicológica -y vital, por supuesto- de unos jóvenes ya hartos del horror, el horror.


La obra de Ramón Boldú encaja en este planteamiento.

Tras el relato de unos hechos -entre otros- que acontecieron en la guerra de nuestros padres, La vida es un tango y te piso bailando culmina con la propuesta lúdica de Boldú. Es una salida coherente y valiosa. Nunca se sabe lo que podrá ocurrir.


Como dije antes, Boldú no da puntada sin hilo.