Salud y tebeos

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(Winsor McCay)
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lunes, 7 de julio de 2014

Actor aspirante

Una de las manifestaciones de entretenimiento popular que mejor se da en la cultura española es la comedia de costumbres. De un modo característico, el costumbrismo está presente en el cine, el teatro, la televisión y hasta en el tebeo patrios.

Los anglosajones acuñaron el término sitcom -comedia de situación- para referir ciertos productos costumbristas propios de las artes escénicas y secuenciales. Pero no hay que irse tan lejos para conocer de primera mano esta modalidad artística. Es algo que abunda en nuestro país.

En este hilo ya salió a relucir Malas ventas, la novela gráfica de Alex Robinson, como ejemplo anglosajón de arte secuencial costumbrista. En España, un buen ejemplo de esto mismo es Actor aspirante, del valenciano Max Vento (n. 1977).


El volumen integral de Actor aspirante, de 2013, recoge los tres cómics que Max Vento había publicado anteriormente bajo la misma rúbrica: Monólogo de mi vida desastrosa (2007), Noches de citas (2009) y Comedia en un acto (2010). Además, el autor ha añadido para la edición integral de Actor aspirante tres nuevas historietas: La comedia se deshace (2011), ¿Ventanilla o pasillo? (2012) y La ciudad de los sueños (2013).

Con estas seis historias Max Vento completa y cierra un ciclo.


Dos elementos prácticamente ineludibles en el género costumbrista son la fluidez de los diálogos más o menos ingeniosos y la presencia de un número variable de personajes secundarios en escena. En Actor aspirante se dan cumplidamente ambos elementos. Max Vento caracteriza en su obra un buen plantel de secundarios (actores o personajes de reparto, se les llama ahora) que desgranan frases oportunas para la acción. Dicho sea de paso, la escena popular española está llena de grandes secundarios ingeniosos que a menudo eclipsan a los olvidados galanes o primeros actores.
Pero lo mejor de Actor aspirante son esos momentos en que se confunden o identifican la cuarta pared del escenario teatral con la cuarta pared de las viñetas del cómic; es decir, cuando la mirada del lector-espectador (mirada que es el límite de esa cuarta pared) se encuentra inmersa en un espacio visual y narrativo en el que se entrecruzan dos medios, el escénico y el propio de la historieta. Y a través de este juego, además de gratificar al lector, Max Vento experimenta con éxito las posibilidades que encierra el lenguaje del cómic. 

Este entrecruzamiento de medios también lo practica Max Vento en Ruzafa Blues (un videoclip), la historieta que él firma en colaboración con Valentín Vañó en el volumen colectivo Valentia (2012). Aquí, los dos medios en juego son el musical y el del cómic. El lector descubre el juego visual y narrativo con placer, pero al final permanece una inquietud ante las últimas viñetas de la historia, que apuntan a incidir en lo real.


viernes, 28 de febrero de 2014

Malas ventas


Malas ventas (1996-2001) es un novelón en sentido lato. A lo largo de sus varios cientos de páginas (el volumen en castellano las trae sin numerar), Alex Robinson (n. 1969) teje una trama sencilla en su planteamiento -pero compleja en su realización- en la que el lector se sumerge un poco a la manera en que lo hace ante los tochos elegidos para distraer las vacaciones de verano.


Lo primero que a uno le parece mientras lee Malas ventas es que está ante una sitcom o comedia de situaciones (o de costumbres, en castizo español) al estilo de la serie televisiva Friends, ya que pueden establecerse entre ambos productos varias similitudes: vivienda compartida por jóvenes veinteañeros blancos de clase media en la ciudad de Nueva York durante los noventa pasados y confluencia o sucesión de diferentes arcos narrativos que involucran a unos u otros personajes según episodios. Y así es, sin duda. Pero solo en parte. En la parte que atañe en concreto al momento de la fruición del lector. Pues es tal la precisión de Alex Robinson al definir y dibujar a sus protagonistas, al encuadrarlos en sus escenarios y al construir sus diálogos, que uno acaba por familiarizarse con los contenidos de esta novela como si de una serie de televisión se tratase.

No obstante, Malas ventas va un poco más allá. A diferencia de lo que ocurre en las sitcoms juveniles noventeras -ausencia de risas enlatadas aparte-, lo que Robinson entrelaza en esta obra es el desarrollo de unos personajes en un momento clave de la vida de estos. No parece que estemos ante una mera comedia de entretenimiento, donde el paso dramático del tiempo apenas se nota. Y es el mismo Robinson quien nos deja vislumbrar su propósito cuando en una página leemos el siguiente diálogo entre Ed y Sherman, los dos personajes centrales de la novela. En efecto, al salir de un cine, Ed comenta:

--Oh, vamos, no ha estado tan mal. Esperabas demasiado.

A lo que Sherman responde:

--Sí. Tengo la extraña idea de que las pelis deberían tener tonterías como argumento y desarrollo de personajes.


Uno de los arcos narrativos principales de Malas ventas tiene que ver con la historia del cómic como medio. Mediante una acertada guionización actual, Alex Robinson  saca a la luz la injusticia de las grandes editoriales que en la denominada Edad de Oro (1938-1945 o tal vez 1954) se apropiaban por contrato de los personajes e historietas de aquellos dibujantes y guionistas que cobraban a tanto por página y quedaban sin derecho a participar de los jugosos royalties de sus creaciones. Es la historia, sin ir más lejos, de Jerry Siegel y Joe Shuster, quienes en 1938 vendieron a Detective Comics, Inc. (la poderosa DC) trece páginas, a razón de diez dólares cada una, con una historieta protagonizada por un superhéroe llamado Superman. Todo un caso de enriquecimiento injusto y no solo a los ojos de hoy.

La presencia del cómic como medio en un cómic es muy del momento al que corresponde Malas ventas. Otros son también los aciertos gráficos y narrativos de esta más que aceptable novela gráfica coral de Alex Robinson.