Salud y tebeos

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(Winsor McCay)
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viernes, 29 de junio de 2018

Estrella distante. Un tebeo en el universo Bolaño

En la entrada anterior expuse el que he denominado 'teorema de Solaris'. Ahora revive al leer el tebeo Estrella distante, una adaptación a cómic de la novela homónima de Roberto Bolaño, con las firmas de Javier Fernández en el guion y de Fanny Marín en el apartado gráfico. Es este un nuevo ejemplo que ilustra aquel teorema, tan extendido en el terreno de la historieta como en el cinematográfico. (No en vano es corriente distinguir entre guion original y guion adaptado -a la hora de otorgar estatuillas, por ejemplo-, si bien siempre, en cómic y en cine, el arte realiza un texto, tenga este forma de guion literario o hasta de escaleta.)

[El teorema de Solaris es una especie de moraleja extraída de la novela de Stanislaw Lem. Concuerda a la vez, por no meter a Nietzsche, con las tesis de la inescrutabilidad de la referencia y la indeterminación de la traducción, teorizadas por Quine. Y lo aplico a las reescrituras artísticas de ciertas fuentes singulares -literarias normalmente- que preexisten.]


Conocí la literatura de Roberto Bolaño a raíz de Los detectives salvajes. Fue un acontecimiento iniciado con el mero arranque de la novela: "He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado...". Bolaño se me presentó (me lo representé) como un hermano mayor. Como nieto de Borges e hijo de Cortázar, más cercano a las vicisitudes, ansiedades y componendas existenciales de mi generación, aunque sin dejar de ser la suya una aventura literaria igualmente excepcional.

No creo que a estas alturas suene exagerado hablar de un universo Bolaño. Una suerte de elipse cuyos dos focos serían la literatura y la experiencia del límite, la intuición del horror y cuya órbita alojaría las versiones, estudios, ensayos, tesis, adaptaciones, etcétera, en cualquier lenguaje, basadas o inspiradas en las obras de Roberto Bolaño; obras del escritor chileno que, mientras tanto, circunvalan cada uno de esos dos focos y, sobre todo, ambos a la vez.

1996 fue el año del big bang del universo Bolaño. Por aquellas fechas ya tenía publicados unos cuantos poemarios y algunas novelas, pero era todavía un escritor escasamente conocido. Sin embargo, en 1996 apareció en primer lugar La literatura nazi en América (observen el título), dizque novela seguida pocos meses después por la publicación de otra novela, Estrella distante. La consagración de Roberto Bolaño llegó en 1998 con Los detectives salvajes, que obtuvo un reconocimiento reforzado, definitivo, con la publicación póstuma de la novela 2666. Bolaño falleció en 2003 con 50 años. Además de lo publicado hasta entonces, dejó un legado inédito que va viendo la luz poco a poco.

La literatura de Roberto Bolaño es intertextual. En sentido intrínseco, respecto a sí misma. Cada texto de Bolaño, excepto el primero, c'est clair, establece conexiones con otros textos anteriores del autor. Y en sentido extrínseco, en cuanto la escritura de Bolaño remite de algún modo a la literatura global, o globalizada. Latinoamericana, europea, estadounidense. Este es el sentido en el cual me refería arriba a la literatura como uno de los focos de la elipse que conforma el universo Bolaño.

Pero además de un sentido, toda literatura tiene una referencia. Aquí interviene el segundo foco de la elipse. La escritura de Bolaño apela a -conecta con- una realidad extraliteraria, teñida casi siempre con tintes ciudadanos, políticos, policiales, perseguidores, anclados en concretos espacios territoriales (y temporales).


A la hora de ilustrar los referentes políticos de la literatura de Bolaño, además de su intertextualidad intrínseca, vienen como anillo al dedo sus libros La literatura nazi en América y Estrella distante. Lo curioso es que el segundo título está contenido en el primero. Hablé antes del big bang de 1996 en la escritura del escritor chileno. Estrella distante es una recreación ampliada del último capítulo de La literatura nazi en América.

No lo había dicho antes, pero una de las pruebas indelebles de la prodigiosa imaginación literaria, productiva, de Roberto Bolaño estriba en su facilidad para inventar nombres propios asociados a los personajes, meramente ficticios (referencias extraliterarias aparte) de sus relatos. Estrella distante amplifica en ciento treinta páginas, con nombres cambiados, una historia descrita en veinte páginas de La literatura nazi... Y contiene personajes y argumentos que aparecerán en otros textos del escritor. Es la intertextualidad específica, intrínseca, del universo Bolaño.


El álbum de Javier Fernández y Fanny Marín respeta al extremo las fuentes, pues son dos en este caso los textos originales de Bolaño. (El hecho de que en la cubierta de este cómic prevalezca el nombre Roberto Bolaño tiene su lectura.) Estrella distante, lo hemos dicho, es una versión literaria del último capítulo de La literatura nazi en América. Y de hecho, leyendo el tebeo Estrella distante me da la sensación de que Javier Fernández ha seguido más bien la escaleta, cambiando los nombres al efecto, del capítulo "Carlos Ramírez Hoffman" de La literatura nazi... Aunque da igual. Estas disquisiciones no afectan a la calidad del tebeo en cuestión.

Lo que importa en el cómic es su gráfica y su narrativa. Fanny Marín restituye la plástica setentera, amenazante, de cuando las dictaduras del Cono Sur. Su blanco y negro recuerda aquel horror.

Jevier Fernández conoce muy bien la literatura de Roberto Bolaño. Su respeto al escritor lo mantiene fiel a su relato. Es un buen ejercicio.

En el límite, siendo como es un buen tebeo el de Javier Fernández y Fanny Marín, preferiría que en este caso no se cumpliesen las palabras que el mismo Roberto Bolaño escribió en el capítulo final de su libro El gaucho insufrible, titulado "Literatura + Enfermedad = Enfermedad", donde trayendo a colación Los miserables de Hugo escribe:
...pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. 
Seguimos con el teorema de Solaris, del que preferiré no hablar en lo sucesivo. QED (Quod erat demonstrandum).

Bienvenida sea la versión gráfica de Estrella distante, siempre que su goce no desorbite a los fruidores del universo Bolaño.


miércoles, 25 de junio de 2014

La perdida

No todo en el movimiento de la novela gráfica es experimentación formal vanguardista. Hay ejemplos de autores que, aunque eligen escribir empleando el lenguaje del cómic, se ciñen a la narración lineal de una historia y realizan una obra que, a la postre, puede resultar más interesante en cuanto novela que no por sus características gráficas.

La perdida (2006), de Jessica Abel (n. 1969), es una buena muestra de este tipo de novela gráfica.


La impronta literaria que predomina en La perdida se percibe inmediatamente al ver el epígrafe introductorio de la novela:

La frase está tomada de Malcolm Lowry, Bajo el volcán.

Metáforas y alegorías aparte, el volcán bajo el que transcurre la novela de Lowry es "el Popo", esto es, el Popocatepetl, el mayor de los que están en activo en Mexico. Y es México, concretamente el D. F., el lugar donde se desarrolla La perdida, la novela gráfica de Jessica Abel.

El planteamiento, la disposición argumental y el desarrollo de esta novela gráfica son también literarios.

La sombra de otros dos escritores está presente en La perdida: Jack Kerouac, que además de On the Road escribió  Mexico City Blues; y William Burroughs, autor de El almuerzo desnudo. Son dos escritores de la beat generation y en ese sentido cercanos a Lowry. Todos ellos anglosajones.

Los autores beat aportaron una concepción de la literatura hermanada con la vida. Una vida en el límite, fronteriza, en la que el viaje exterior se compagina con un viaje interior.

Así, la protagonista de La perdida es una joven de Chicago que emprende un viaje de búsqueda de sus raíces e identidad por México. Jessica Abel, la autora, también de Chicago, combina en su novela elementos autobiográficos con otros imaginarios.

Finalmente, otro referente explícito (e implícito) en La perdida, si no literario sí literaturizado, es la pintora mexicana Frida Kahlo. Es esta un símbolo femenino mezcla de sufrimiento, libertad y creatividad con el que se identifica en principio la protagonista de la novela.


El tiempo en que transcurre La perdida es el final del siglo XX. El México de la novela es un escenario urbano, en cierto modo similar al reflejado por el universo de Roberto Bolaño (Los detectives salvajes). Los idiomas español e inglés se alternan en una narración plagada de términos específicos del habla de los mexicanos, con frases como:

¿Es el mismo güey que estaba discutiendo con el pinche pendejo este sobre política cuando fuimos a Xochimilco?

El libro se cierra con un glosario que ayuda mal que bien al lector ajeno a entender esos términos.

No obstante, a un lector que conozca la literatura de Bolaño y los cómics de Beto Hernández (Sopa de gran pena), por ejemplo, esta especie de inmersión en la cotodianidad mexicana pretendida por Jessica Abel queda un poco distante, es decir, desubicada exactamente por la distancia que media entre el lado norte y el lado sur de Río Bravo o Grande. Es una distancia estrecha, pero a la vez enorme. La protagonista es una gringa y como tal es percibida en México, por mucho que ella se empeñe en no serlo. Es uno de los motivos centrales de La perdida.

Y así, el filtro cultural de la estadounidense Jessica Abel conduce a que en La perdida, pese a su valor literario, la vena mexicana que trasparece en la novela esté como descolorida en comparación con la perfilada por Beto Hernández en el cómic Río Veneno.

La autenticidad de La perdida hay que buscarla por otro sitio.


martes, 19 de noviembre de 2013

Río Veneno

Río Veneno (Poison River), de Beto Hernandez, expone la historia de Luba desde su nacimiento hasta su decisión a los dieciocho años -una decisión inducida- de instalarse en Palomar con su prima Ofelia y su hija Maricela.


Más novela gráfica que Palomar en su ejecución, aunque yo creo que no en su resultado (o más bien cuyo resultado es menor), Río Veneno es en cierto modo una representación de varios de los rostros en ocasiones alegres de la sordidez, frente a la apacible existencia -aunque no exenta de sobresaltos- sugerida en Palomar. Hay en Río Veneno abandono, narcos, sexualidad paralela, tráfico de bebés, terrorismo contra la izquierda, ultraviolencia... Hay también un repertorio de pasiones. Y deseo. Y desdicha. Hay el México de Buñuel, la sacudida de Bajo el Volcán, el realismo visceral de Bolaño.

Y hay una música de fondo que suena, con ritmo de congas, dedicada a "gente con aventura en el alma y el alma en los pies". Como en un bolero salvaje.


La habilidad como guionista de Gilbert Hernandez manifiesta de nuevo su riqueza en Río Veneno, cuyos arcos narrativos implican una complejidad de tramas hábilmente resueltas, como es usual en este autor.

Una complejidad de tramas que son correlativas a un buen número de personajes, entre los que destacan Luba y Ofelia junto a Peter Río, María, Eduardo y Gorgo. Si otro de los puntos fuertes de Beto Hernandez es la caracterización de sus personajes, en Río Veneno es también evidente esa capacidad suya de dar vida a sus dibujos.