Salud y tebeos

Salud y tebeos
Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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domingo, 19 de junio de 2016

La línea turbia de Alberto Breccia. (1) La representación borgesiana

Digo línea turbia por contraste con la línea clara de acá, pero en realidad el trabajo de Alberto Breccia (1919-1993) acaba siendo más luminoso y brillante -y más permanente- que muchas de las historietas de inspiración francobelga en general y de la Escuela de Bruselas, en particular.

Más que escuelas, lo que hay son autores individuales, por mucho que participen a menudo de influencias comunes, de geografías o de un Zeitgeist particular. Así, la comparación entre la línea clara aludida y la línea turbia o sombría de A. Breccia habría de hacerse uno por uno, autor por autor (y nos sorprenderíamos, por ejemplo, ante las Ideas Negras de André Franquin, de la Escuela de Marcinelle, que certifican la confluencia de los extremos). Pero de un modo genérico, la diferencia entre ambas líneas es obviamente evidente. El estilo distinto en el tratamiento del trazo, la luz, el dibujo, la composición de la historia entera en las dos líneas revela ante todo distintas maneras de anclarse el artista en la realidad, distintas disposiciones humanas ante lo real.

No es sencillo, con todo, encontrar una vía de acceso que englobe la riqueza dilatada de los trabajos de Breccia. Haría falta una especie de aleph, un punto de vista capaz de albergar tantos puntos de vista como son los que aúna la obra de 'el Viejo' (como Brueghel, así apodado Alberto para distinguirlo en principio de su hijo Enrique y de sus hijas Patricia y Cristina, dibujantes también). Y bueno, se me ocurre ahora utilizar esta sugerencia de El aleph para referir una de las vías de acceso a Breccia, esto es, la que relaciona al artista argentino (de origen uruguayo) con el escritor también argentino Jorge Luis Borges, rioplatenses al cabo los dos.

A fin de cuentas, Breccia ha sido descrito alguna vez como 'el más borgesiano de los dibujantes'.


Lo primero que salta a la vista en este respecto es la intervención de Borges en calidad de personaje de la saga Perramus (1982-1989). Dicha aparición es debida a un guion sorprendente de Juan Sasturain, pero la fiel representación gráfica del escritor porteño en Perramus es obra de Breccia.

De alguna manera, el planteamiento y la ejecución de Perramus sugieren que haría falta de nuevo un aleph para dar cuenta de las múltiples facetas que la obra contiene, para percibir sus variados sentidos. En lo que ahora nos ocupa, el Borges que interviene en las tramas de Perramus es el Borges modelado por Sasturain, quien ofrece algo así como un ajuste de cuentas con la figura del escritor de Ficciones (un título convertido en Fricciones por obra y gracia del guion) a través de un juego escénico tan imaginativo como imaginario. (No son imaginarias, en cambio, las tremendas alusiones políticas explícitamente presentes sobre todo en las tres primeras series de la saga en el contexto de las dictaduras militares latinoamericanas y la intervención de "los amigos del norte".) Por su parte, la representación de Borges operada por Breccia en esta obra conserva, por así decir, ese realismo expresionista presente tanto en las narraciones del escritor ("el maestro") como en las viñetas de su dibujante.

Nos alejaríamos mucho del propósito e intención de este post si abordáramos la cuestión de la argentinidad, si es que esta existe -más como tendencia que como esencia-, manifestada en los tebeos de allí. En el caso de Perramus, el guion de Sasturain recoge elementos tan argentinos como las gabardinas o pilotos de la marca Perramus ("El piloto del olvido" es el título de la primera serie de las cuatro que componen la saga), Jorge Luis Borges, el truco (homenaje a El Eternauta), Carlos Gardel ("Diente por diente" se titula la cuarta serie, donde el objetivo es recomponer la sonrisa del zorzal criollo), etc., todos ellos suficientes para plantear el debate acerca de la identidad nacional. Es este un asunto recurrente y magistralmente expuesto por Muñoz y Sampayo en su Carlos Gardel. También en Ciudad, de Giménez y Barreiro, se encuentran referencias a El Aleph y a Juan Salvo, El Eternauta. Es materia para otra ocasión, u otras, esto de las identidades nacionales, que vienen a funcionar un poco a la manera de las identidades de género, y su plasmación en las artes.


En otro sentido, A. Breccia es un dibujante borgesiano en la medida en que así lo reflejan sus trasposiciones a historieta de narraciones fantásticas o extraordinarias (de Poe, de Lovecraft, de Sabato, de Papini, de Quiroga, del mismo Borges...).

Hay sobre todo un regusto borgesiano en al trabajo de Breccia en lo que atañe a la estética, quiero decir. Es materia, también, para otra ocasión.

Cerraré esta entrada con un soneto de Hernán Martignone que he encontrado [aquí]. Está inspirado en "El remordimiento" de Borges y a propósito de "El piloto del olvido", nombre de la primera serie de Perramus.

El piloto del olvido

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer: he sido
cobarde. Que los mares del olvido
me ahoguen y me beban desahuciados.

Los mariscales juegan con su fuego
a soñar un debut sin despedida,
porque no ven que incluso el peor ciego
aprende a ver la sombra de su herida.

Y con las botas puestas o depuestas
o con la sangre en los zapatos rojos,
nos cambian de calzado las propuestas

y la misma oquedad queda en los ojos.
No me abandona, siempre está conmigo
la culpa que es mi nombre y es mi abrigo.

Hernán Martignone

Dejo también esta maravilla:

https://redaccion.lamula.pe/2013/11/10/cuando-el-dibujante-del-eternauta-ilustro-los-cuentos-de-borges/danielavila/

sábado, 14 de mayo de 2016

Como viaja el agua. Nihilismo, madurez y acción

Sorprendente. Dos tebeos recién horneados, escritos y dibujados por sendos autores de aquí, coinciden en un aspecto destacable. Los dos, enmarcados en el género thriller, tienen como protagonistas últimos personajes ancianos. aunque muy activos. Es un dato importante. Ninguno de los dos, también, se limita a contar un relato de género. Uno de estos tebeos es Presas fáciles, de Miguelanxo Prado, al que me referí en la entrada anterior [aquí]. El otro es Como viaja el agua (2016), de Juan Díaz Canales. Una coincidencia añadida es que ambos autores han obtenido -en 2013 y 2014, respectivamente- el Premio Nacional del Cómic; Prado por Ardalén y Díaz Canales por Amarillo, de la serie  Blacksad, guionizada por él y dibujada por Juanjo Guarnido. Como viaja el agua es el primer relato gráfico escrito y dibujado íntegramente por Díaz Canales, con lo que este madrileño se manifiesta como un autor completo de cómic. 



Como viaja el agua es un tebeo de madurez. Una madurez que se revela en un doble sentido: madurez del autor y madurez del medio. No es del todo desdeñable aludir a un tercer tipo de madurez, la de los personajes implicados en la trama, en un medio (el cómic) en el que abunda, a grandes rasgos, la juventud de los protagonistas, si bien esta última es una opinión discutible, En cualquier caso, Díaz Canales elabora un discurso en Como viaja el agua que evidencia madurez hasta en la médula.



Nihilismo y acción es el título de un librito primerizo de Fernando Savater. Es también la frase que me ha sugerido la lectura de Como viaja el agua. Otras reflexiones que suscita la novela de Canales tienen que ver con el río de Heráclito, poetizado por Borges; con los ríos de Manrique; con la verdad oculta, innombrable, velada, que acaso enloqueció a Nietzsche; con la metáfora de la lucidez secreta, como secretos son los móviles de las acciones de todos.

En realidad, no se trata de reflexiones de un lector en particular. Son ideas sustanciadas por Diaz Canales a través de una historia entretenida que combina costumbrismo y suspense hasta el fin, expuesta con un trazo quebrado que oscila sobriamente entre el blanco y el negro y con un desenlace revelador. Habrá metafísica en Como viaja el agua, pero hay sobre todo tebeo.

Y hay madurez, en definitiva, que muestra no solo la capacidad que el autor manifiesta en los planos del contenido y de la expresión, sino también el desarrollo que ha alcanzado el cómic como un medio capaz de albergar cualquier género y sacarlo de sí aportándole nuevos discursos.



jueves, 8 de enero de 2015

Lenguaje icónico, lenguaje verbal. Beowulf

Hay una cuestión que renace intermitentemente. Y en el ámbito del cómic, debido quizás a su propia naturaleza que combina imágenes y texto, se plantea con mayor o menor asiduidad. Me refiero a lo siguiente.


En la colección de historietas Luba en Nortemérica, de Beto Hernandez, encontramos una: "Ofelia, prima de Luba" en la que Ofelia declara:

"La escritura suele considerarse la forma más elevada de arte porque así lo dicen los escritores. Los escritores prefieren la obra escrita, así que reservan para ella los mejores halagos. La historia del arte, toda la historia está registrada por escritores. Es en quienes debemos confiar."

Y a continuación añade Ofelia:

"Nada satisface como la buena escritura. Una frase que sea un comunicado inteligente es como un chute de ideas directo al cerebro. La música y las artes visuales no tienen ese resultado concreto, esa recompensa cerebral, ese remate que te lleva de la mano. Son artes que 'flotan', mientras la escritura conecta."

Aunque luego da un giro ella misma al decir:

"A no ser que prefieras la música o las artes visuales a las palabras."

Con lo que concluye su interlocutor:

"Hablas como una escritora frustrada, mujer..."

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Es decir, el debate acerca de la jerarquía entre las artes visuales, artes de la escritura, artes musicales... -cuál ocupa un lugar más elevado en su consideración-, probablemente no es una cuestión que esté bien planteada. La escritura, en sus diferentes modalidades (verbal, icónica, musical) atraviesa todas las artes.

Y en el límite, son las obras realizadas las que son o no apreciadas y valoradas una por una, criticadas y juzgadas por sujetos que pertenecen a una comunidad.

Y lo que es más importante, la valoración de las artes no se da independientemente de la posición que ocupe en su entramado el sujeto que juzga. Intereses, preferencias, actitudes, circunstancias biográficas, la situación del lector-fruidor, en definitiva, también cuenta.


Estas consideraciones me han venido a cuento de la lectura de Beowulf, la transposición al lenguaje del cómic del poema épico medieval del mismo título, fundacional de la literatura inglesa. Este proyecto, difícil donde los haya, lo publicaron a finales de 2013 el guionista Santiago García (n.1968) y el dibujante David Rubín (n. 1977).

Y acaso lo mejor que se puede decir de esta "reescritura" visual del poema Beowulf es que en ella sus autores consiguen lo fundamental para el caso. Ya que en virtud de esta obra leemos Beowulf según los requerimientos del arte secuencial más estricto. Con todos los hallazgos visuales y estéticos que sus artífices despliegan en estas páginas.


Borges escribió sobre Beowulf:

"Sería la fábula de un hombre a quien alcanza finalmente el destino y de una batalla que vuelve." (Literaturas germánicas medievales)

García y Rubín parecen recoger esta descripción borgesiana, que bien podría ser el lema de su Beowulf realizado como una importante novela gráfica.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Parábola del traidor y del héroe

Parece inevitable que cada vez que nos aproximemos a un texto de Oesterheld aparezca la sombra de Borges. La entrevimos al comentar Mort Cinder. Y en el post anterior a este, referido a El sargento Kirk, la sombra de Borges vino a cuento de "El tema del traidor y del héroe", título de un relato del escritor bonaerense incluido en su libro Ficciones (1944).

La influencia de "El tema del traidor y del héroe" en El sargento Kirk se percibe de manera directa en la simple consideración del título borgesiano aplicado a la serie de aventuras de Oesterheld. Y en principio no va más allá. ¿Es Kirk un traidor? ¿Es un héroe? ¿Es ambas cosas? ¿O acaso ninguna, siendo solo humano, demasiado humano?

Pero el guion, por así decir, del cuento de Borges es ajeno a las historietas del sargento Kirk.

Sin embargo, Hugo Pratt -dibujante de la primera época de Kirk- también acusó el impacto de Borges de un modo genérico en su obra. Y en particular, "El tema del traidor y del héroe" tal y como fue concebido en su relato por el escritor de Ficciones, fue versioneado por Pratt en una de las historias cortas más celebradas de la serie protagonizada por Corto Maltés: "Concierto en O' menor para arpa y nitroglicerina", que forma parte del volumen Las Célticas (1971).


No diré que "Concierto para arpa y nitroglicerina" sea una simple ilustración del cuento de Borges, cosa de por sí más que ardua. Lo que hizo Hugo Pratt fue cambiar los personajes y la época de los hechos narrados y simplificar esa historia despojándola del barroquismo formal borgesiano, aunque mantuvo el lugar, el ambiente y el motivo de las acciones en juego: la lucha del pueblo irlandés contra el opresor británico.

Pero, sobre todo, lo que hizo Pratt fue escribir dibujando una muy buena historia similar a la de Borges, sin duda, pero con una poética por completo diferente de la del escritor argentino. Y además, el arte de Pratt deja espacio para la lírica.


La influencia de Borges en Hugo Pratt es patente en múltiples aspectos. Uno de ellos es el cultismo o culturalismo que apuntala el armazón de las narraciones de ambos. Otro es la práctica de la ironía encubierta, así como su interés común por el esoterismo y la cábala, las filosofías neoplatónicas, las geografías fantásticas...

En una ocasión declaró Hugo Pratt:

"Borges enseñó una cosa muy importante: contar mentiras como si fueran verdad. Yo aprendí de él a contar la verdad como si fuera mentira."

jueves, 11 de septiembre de 2014

Sargento Kirk

Antes que el teniente Blueberry estuvo El sargento Kirk.


Es más, dado que las aventuras de Kirk comenzaron a publicarse en Argentina en enero de 1953, en la revista Misterix, se le reconoce a esta serie el papel de adelantada (pionera, según el anglicismo) en la nueva concepción del género del oeste, un western con rostro humano que luego plasmaría ampliamente no solo el cómic, sino también -y sobre todo- el cine.

Con guiones del argentino H. G. Oesterheld y dibujos de Hugo Pratt (en la primera época de la serie), las historietas del sargento Kirk cuentan los avatares de un desertor del séptimo Regimiento de Caballería del ejército estadounidense, en el periodo posterior a la guerra de Secesión, que se pone de parte de los indios movido por sentimientos de índole humanitarista. Debido a los escenarios donde transcurren los hechos, pero también por el lugar que esos sucesos ocupan en el imaginario occidental referido a la dicotomía "hombre blanco/indio", o al revés, estamos ante una auténtica literatura de frontera. Literatura dibujada, pero de frontera.

En lo esencial del planteamiento de Sargento Kirk rezuma el clásico de las letras argentinas, el poema narrativo El Gaucho Martín Fierro (1872), escrito por José Hernández. De hecho, parece ser que Oesterheld pretendía en principio que la serie se desarrollara entre gauchos, soldados e indios de La Pampa argentina. Aunque finalmente Oesterheld trasladase la serie a los escenarios fronterizos habitados por "las naciones" indias acosadas por la caballería yankee, mantuvo en lo esencial el espíritu del Martín Fierro. Literatura de frontera en un caso y en otro. No está de más añadir en este respecto que Oesterheld denominó a la editorial que fundó en Argentina en 1957, en estrecha colaboración con Pratt, precisamente así: Frontera. (Sería otro argentino -italoargentino- , Roberto Rocca, el que en 1977 fundó en España la editorial Nueva Frontera, sello de la ya mítica revista Totem.)

Y también rezuma en El sargento Kirk, por cierto al igual que en Martín Fierro, el significado del título de un breve relato de Borges, otro argentino: "El tema del traidor y del héroe".


Finalmente, es de destacar que uno de los personajes principales de la serie de Kirk se llama El Corto. Dibujado por Pratt.



15.09.2014

Por cierto, he encontrado en la red esta "Carta al Sargento Kirk":

Querido Kirk

Por Juan Sasturain
Cañadón Perdido
Arizona State, USA
Querido Kirk, espero que al recibo de la presente
te encuentres bien, disfrutando
de un seco, enérgico verano
en el desierto –no recuerdo un
solo día de lluvia en tus
andanzas– en compañía de los
tuyos: Maha, el Corto y el
barbado doctor Forbes.
Te aclaro –hace tiempo que
no tendrás noticias mías–
que si me vieras no me reconocerías:
he crecido un poco –eso sería lo
de menos–, tengo la cara llena de
pelos y se me han poblado los alrededores
de mujeres y de hijos.
Suelo tener la cabeza ocupada
en mil asuntos sin importancia y
casi he olvidado –te pido me perdones–
el episodio de Corazón Sutton, la
cara del cacique pawnee y el nombre
del jefe de Fort Gibson.
En fin, bien sabes que han pasado
algunos años desde entonces,
cuando nos veíamos todas las semanas
y compartíamos una intimidad
que me enorgullecía.
Puedo darte –si quieres– noticias
de tus viejos: Hugo volvió a Italia
hace mucho y se dedica a ser
famoso y tratar de olvidarte en otros hijos.
A veces lo consigue: habrás oído
hablar del otro Corto, el Maltés, un
poco irónico para tu amistad pero
es hombre de agua y de este tiempo,
tu desierto puesto al día y
sin remordimientos.
En cuanto a Héctor, el viejo, no se fue.
Anduvo algunos años lidiando por estos
arrabales del mundo y de la democracia,
eligiendo bien en general
–me entiendes: del lado de los indios–
y no le fue mejor que a ti:
perdió amigos, el buen nombre en las
editoriales, cuatro hijas.
No es mucho en un país lleno de
sangre; es demasiado para un
hombre solo. Ahora es uno más en
una lista larga y llena de agujeros,
otros reciben tardíos premios
en su nombre.
De tus amigos, algo te puedo contar.
Juan Salvo, el extraviado Eternauta,
volvió para juntarse con la gente, hizo
la guerra como un acto de amor, los
Ellos le dejaron la historieta y se
quedaron con la historia por ahora.
Ernie estuvo por Vietnam y fue
un fracaso: alguien tecleaba
la Remington por él, le trabucaba
los papeles o algo así.
De Ticon, nunca más supe. Tampoco de
Caleb o Numock, sólo versiones
muy lavadas de aquellos bosques grises
con indios adornados e ingleses de paseo.
Al infalible Randall
lo fueron desbancando oscuros primos
mellizos, malas fotocopias
de su sombría puntería. En fin...

Pero no era mi intención
llenar estas cuartillas con
recuerdos de amigos de papel o
carne y hueso. Claro que no.
Sin embargo, no sabría decirte
en realidad por qué te escribo.
Acaso sea la burguesa soledad, ciertas
mentiras descubiertas entre dientes o
el aire esquivo y apurado con que
paso delante del espejo.
Te diré que no es fácil andar
a esta altura del mundo y de
la historia personal. Extraño
tu ranch y tus caballos,
esa amistad viril sin psicoanálisis
y hasta olvido que en tu mundo
de comanches y balazos no
habría lugar para mi cobardía.
No me acuerdo ahora de grandes
cabalgatas ni de puñetazos providenciales;
sólo me queda una escena: el manchón
de una hoguera en la noche y
tu simple certeza para
explicarle al Corto que más vale
luchar por una causa justa
que hacerlo simplemente por dinero.
Los comentarios corren por tu cuenta,
pero en un país sin hogueras ostensibles
y el desierto almidonado por la espada
no es fácil leer tus aventuras sin
nostalgia. Y no digo la pavada
de la moda a lo Presley o los
Cadillacs del ‘50. Quiero decir
que todo se ha complicado en estos años
que han venido cortos, lluviosos, sin
verano, mal barajados para la aventura
y con un cierto aire de perdonavidas
del que te mira pasar porque mañana
te la dará sin asco y por la espalda.
Hoy ese pibe que cabalgaba a tu
lado a los doce años se ha
bajado del caballo, desensilló hasta que
aclare otra vez, la próxima,
el bueno, que le dicen.
Tú me recuerdas –la culpa es de él,
de Oesterheld, este tuteo literario que
entorpece los cariños–, tú me recuerdas,
te decía: cuarto grado, miércoles de mañana,
me comía la vereda en el camino hacia
el Hora Cero que desplegaba tu blanca y
seca geografía. Un desierto, un
cañadón, el atajo salvador,
un tomahawk en la punta de un indio,
una bala que buscaba tu brazo, el hombro
o alguna costilla cruzada en el
camino al corazón.
Hoy los tomahawks llueven de punta o
por televisión, las balas suelen encontrar
corazones grandes, vulnerables, ya no
hay atajos salvadores y no quedan sargentos
desertores en el Séptimo de Caballería.
Quiero decir que las historias tuyas
eran un prólogo simple, un golpecito en
el medio de la espalda hacia adelante.
La vida reservaba la sortija en un
recodo con la certeza de tus corazonadas.
El mundo era un globo por inflar, una
mujer por besar, una escalera alfombrada por
el escenógrafo de la Paramount.
Sólo había que esperar
que el director golpeara las
palmas, alguien encendiera las luces,
y todo empezara de una vez.
Es cierto: todavía esperamos las palmadas,
el chasquido de la luz del set
y la metafísica patada en el culo
que nos mande a escena.
Pero no hay tiempo para las frustraciones
de la pequeña –chiquitiiiiiita– burguesía,
especie en extinción desde años ha
en sus variantes más coloridas.
Algunos suelen deambular por oficinas hostiles o
países aparentemente democráticos, sentirse
juntos en la cancha de fútbol o las
librerías de viejo, de pasada.
Correr como un imbécil por Palermo, creer
en Ramakrishna o el poder terapéutico de la
mosca en mano, en la confluencia cívico-militar
y otros fantasmas son estrategias endebles
para los que nacimos con el
empujón de tu mirada segura bajo el kepi
encasquetado con la solidez de los
ideales de la juventud.
Por eso es mentira esta película:
al fondo del cañadón, espaldas contra la
roca, con las balas y las flechas
silbando alrededor clásicamente,
viendo caer a la gente como moscas
–la idea es pobre, verdadera–
escuchamos un clarín salvador, un
galope nutrido de casacas azules y
banderita al viento. Pero no.
No venís vos al frente. Es Reagan.
Cambiemos de canal, de vida, de esperanza.
Al fin, querido Kirk, dear sargent,
espero que a la terminación de
la presente te encuentres bien,
en compañía –ya te lo dije–
de los tuyos y ahora también de los
(pedazos) míos, disfrutando
del aire limpio de un cielo
blanco de revista vieja.
Te informo, al respecto, que
ahora los kioscos son
verdes y blindados como los sueños
de un general de caballería
de estos tiempos, y que hay poco para
leer si no es en los ojos de la gente.
Tal vez por eso me dedico a juntar
figuritas con tu cara, tomar mate y
hacerme cada día más tanguero.
Una estrategia de amor, no
una coartada.
Pero tampoco es éste el lugar
para salvarse o encontrarle todas las
patas al gato personal, que nunca
importa demasiado sino a uno.
Al final, creo que está claro
–lo veo ahora, después de tantas
vueltas– que no pienso en volver
atrás ni pedirte un caballo fresco
de los que cría el Corto en sus corrales
para escapar de mí o de lo que sea.
Supongamos, mejor, que yo te invito
y te venís –o vienes, como quieras–, que
hay algo urgente por hacer y con
sentido: salvar a la muchacha, defender
a los indios o cualquier otra causa
siembre abierta. En eso estamos.
Un abrazo. Tu amigo
Juan
(1981)



viernes, 28 de marzo de 2014

Oesterheld: los estratos de la fruición

Pero que no cunda el pánico. En los guiones de Oesterheld se encuentran aventuras, acción, fantasía, misterio, el tipo de entretenimiento específico de la historieta. Esa fue la excelencia de Oesterheld, identificar el aliento de su escritura con la médula del tebeo.


Lo que ocurre es que, desde el lado del espectador, el lector no es una tabula rasa con la mente en blanco. La mirada no se enfrenta vacía a la contemplación de lo que se le pone delante, sea este un objeto natural, sea un artificio cultural. Oesterheld era geólogo de formación y sabía muy bien que en la naturaleza hay capas, formaciones, estratos visibles solo para quien sabe encontrarlos. En cuanto a los artefactos culturales, cada uno accede a deletrear una obra con su personal bagaje (o equipaje, mejor). Y lo bueno de las grandes obras es que son accesibles para prácticamente todos, disfrutándolas cada uno según su saber y entender.

Así, se puede disfrutar a placer leyendo por ejemplo Mort Cinder sin tener ni idea de Jorge Luis Borges ni de sus obras (Historia de la eternidad, p. e.). Sin embargo, es inevitable que quien conoce a Borges encuentre su huella en Oesterheld. Huellas concretas, perceptibles, identificables.

He aquí materia suficiente para un trabajo académico, un informe postgrado, una tesis doctoral. Pero he aquí también, sobre todo, materia para el goce personal e independiente de las academias.



miércoles, 26 de marzo de 2014

La autenticidad en el arte


La autenticidad en el arte es un valor genuino. No depende de materia narrativa, temática o estilística alguna. Y no ha de ser estrictamente coincidente ni con la veracidad ni con la sinceridad. Si me apuran, ni siquiera con la verosimilitud.

La autenticidad es indiferente al hecho de que una obra sea bien confesional, bien ficcional. Porque a fin de cuentas, también el yo que se desnuda en una trama puede ser a la postre una construcción del autor, tan impostada como auténticas son muchas ficciones (las de Borges, por ejemplo).

La autenticidad es un latido, es la voz que trasparece entre los intersticios de un relato, de un poema, de una transición secuencial.

La autenticidad es un reflejo de la conciencia del autor. De su verdad interior. Se manifiesta cuando el arte es entendido y practicado como una ordenación consciente de contenidos inconscientes, pues no basta con dar rienda suelta a la subjetividad. También se manifiesta, si es el caso, en las crónicas, en las descripciones científicas -aunque fueren erróneas- y hasta en la metafísica.

La autenticidad, en fin, se desarrolla entre la épica y la lírica. Depende de la actitud del autor. Y de la disposición del lector.

domingo, 3 de marzo de 2013

Tintin, Paco Roca

Hoy cumple un año este hilo. Lo inicié como una aventura. Y como tal me va resultando. Creo que hay maneras peores de pasar el tiempo. 

Por otra parte, qué casualidad, hoy hace treinta años del fallecimiento de Hergé (Georges Remi), el creador de Tintin (Tantán para los francófonos).

No fui tintinófilo y pienso que a estas alturas ya nunca lo seré. Cada vez tenemos menos filias. No obstante, sería injusto no reconocer la importancia e influencia que ha tenido y que tiene Hergé. Los tebeos de Tintin han sido la puerta de acceso al noveno arte no solo para miles y miles de lectores, sino también para muchísimos creadores de cómics.


A propósito de Tintin he leído una declaración de Paco Roca, ganador del Premio Nacional de Cómic en 2008 por Arrugas, que viene a decir en castellano (la fuente está escrita en valenciano) lo siguiente:

"'Los cigarros del faraón' fue, ciertamente, el cómic que más leí en mi infancia. Por medio de sus páginas magistrales, en cada una de sus lecturas, descubrí por qué los cómics tienen una lectura mágica: el lector puede avanzar página tras página, puede pararse en una viñeta y perderse allí y, a continuación, retroceder, porque la lectura de un cómic es infinita y diferente para cada lector, algo así como 'El libro de arena', de Borges."



Me parece inmejorable lo que afirma Roca. No con respecto a Tintin, sino sobre el significado que puede tener la experiencia de leer cómics.



viernes, 6 de julio de 2012

Los conjurados

A propósito de la historia de Los Protocolos de los sabios de Sión, me ha venido a la memoria un poema de Jorge Luis Borges. Habla también de una conjura, pero en este caso es benéfica, a favor del entendimiento futuro de toda la humanidad. Es una antítesis de lo reflejado en La conspiración, de Eisner. Dejo aquí como testimonio el poema de Borges.

Los conjurados

En el centro de Europa están conspirando.

El hecho data de 1291.

Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan

diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades

Fueron soldados de la Confederación y después mercenarios,

porque eran pobres y tenían el hábito de la guerra

y no ignoraban que todas las empresas

del hombre son igualmente vanas.

Fueron Winkelried, que se clava en el pecho las

lanzas enemigas para que sus camaradas avancen.

Son un cirujano, un pastor o un procurador, pero

también son Paracelso y Amiel y Jung y Paul Klee.

En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa,

crece una torre de razón y de firme fe.

Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra,

el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta.

Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.

Jorge Luis Borges