Salud y tebeos

Salud y tebeos
Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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domingo, 5 de marzo de 2017

Beà y los heterónimos

Hay autores anónimos y autores que usan pseudónimo. Hay también quien recurre en su obra a la creación de heterónimos.

Lo que ocurre con los heterónimos es que atentan, por así decir, contra la ley de identidad, según la cual A es igual a A (A = A). Una ley, por cierto, fundamental en los sistemas lógico y ontológico de la tradición, puesta en solfa a veces en la modernidad, pero que resiste a los embates de la crítica. La ley de identidad sustenta la realidad jurídica y económica y, por ende, la realidad cotidiana. Obviamente, ni el Derecho ni la Economía vigentes van a renunciar de buen grado a sus principios. 

Clásicos ejemplos de heterónimos son Juan de Mairena y Abel Martín, empleados por Antonio Machado, si bien este poeta prefería usar el término 'apócrifos'.

Otros heterónimos ilustres son Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y otros nombres de poetas concebidos por Fernando Pessoa. 

Lo esencial de los heterónimos es que no son meras máscaras lingüísticas que ocultan el nombre de su creador. Son auténticos personajes-autores, cada uno con su estilo y peculiares características, por más que procedan de una misma cabeza y mismas manos.



Josep Maria Beà i Font (n. 1942) destaca en el panorama del cómic contemporáneo por muchas razones. Una de ellas es su acierto en la creación de heterónimos.



El libro recién publicado por Trilita: Josep Maria Beà. El hombre de los mil estilos, presenta a Beà como un autor que recurrió a diversos pseudónimos por diferentes razones: Sánchez Zamora, Norton, J. M., Las Percas, Pere Calsina... además de firmar otras veces con su propio nombre imitando el estilo de alguno de esos pseudónimos, etc. Yo prefiero, sin embargo, hablar de heterónimos, más que de pseudónimos, en el caso de Beà. La contemplación y lectura de este tomo de Trilita sustentan mi opinión.

Las historietas de Beà, de sus heterónimos, recogidas en este libro están precedidas por una Introducción que contiene un prólogo de Luis Vigil ("Un amigo recuperado, unos pseudónimos descubiertos") y una entrevista de este con el autor ("Entrevista al hombre de los mil estilos"). La Introducción es magnífica. Me apetece destacar ahora estas palabras que Beà pronuncia en su entrevista con Vigil: 
Cuando el estilo queda inmovilizado se convierte en algo carente de espontaneidad. Mejor dicho, a mi juicio, el estilo perpetuo es una forma de amaneramiento.
No puedo dejar de encontrar cierto aire subversivo en lo que dice Beà: "...el estilo perpetuo es una forma de amaneramiento". Es un poco el mismo tipo de subversión que conlleva el renunciar a la ley de identidad... Y que está sugerida por el uso de los heterónimos.

Lo dejaremos aquí. Cuando hablamos de Beà, aparece inevitablemente la sombra de Giménez. Y si el tema es Giménez, aparece Beà. No es que sea un duelo de titanes el suyo. Es sencillamente una muestra de la pasión de los fuertes en el ámbito de la historieta.

[Continúa aquí]


domingo, 15 de enero de 2017

Cuando lo real es metáfora... (Guy Delisle: 'Escapar')



Mario Ruoppolo, el cartero de Pablo Neruda en Il Postino (película de Michael Radford inspirada en el filme anterior y después novela Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta), charlando con el poeta en la playa, descubre que el mundo entero con el mar, el cielo y las nubes... es la metáfora de otra cosa.

De la intuición del cartero de Neruda se sigue que todos los dibujos e imágenes del mundo son, en cuanto objetos, metáforas. Y por tanto, los tebeos y las historietas también lo son. 

(Este planteamiento disuelve cualquier frontera axiológica entre ficción y no ficción en el arte.)

Lo curioso es que entonces las representaciones figurativas, por ser metáforas del mundo, son metáforas de metáforas. 





Guy Delisle es experto en un tipo de narración o novela gráfica caracterizada por cierto realismo cotidiano, familiar, como de andar por casa. Sus historias son tan reconocibles para el lector que no importan las circunstancias en que se desarrollen, por exóticos que resulten los escenarios. Es una narrativa, a fin de cuentas, amable.

Supongo que el hecho de que el propio Delisle, à la blogueur bien adapté, se involucre no solo como avatar en la mayoría de sus historietas, dando cuenta de sus impresiones continuas revestidas de buen humor, contribuye a esa sintonía simpática que se da entre el autor y sus lectores.

En cuanto al valor informativo o periodístico de los cómics de Guy Delisle, digamos ahora simplemente que el canadiense informa desde sus sensaciones de un modo distinto a como lo hace el maltés Joe Sacco. En otro post [aquí] relacioné a ambos historietistas.



En términos de otra índole, Guy Delisle es un exponente de ese grado cero de la escritura que caracteriza a buena parte de la novela gráfica de este siglo y que, situándose al margen de la literatura de género, explota la naturaleza simbólica del lenguaje, donde predominan la ambigüedad y la connotación. Otra cosa es que este grado cero que huye de los géneros acabe conformando un nuevo género (gradocérico o así).

La complicidad que establece Delisle con la mayoría de sus lectores, que son muchos, tiene que ver, desde luego, con el estilo de este autor como dibujante de cómics y con el tipo de imágenes icónicas que traza.

De un modo genérico, en el plano de la representación las imágenes oscilan entre la figuración realista y la figuración caricaturesca, en una línea, y entre el realismo y la abstracción geométrica, en otra línea. El Triángulo de McCloud (Entender el cómic) expone con claridad el asunto.


En el plano del significado la cuestión es más compleja, pues concurre entre otras cosas la distinción entre intensión o connotación y extensión o denotación. En lo que concierne a las imágenes icónicas del tebeo, a mayor realismo en la representación, menor extensión y viceversa; o lo que es lo mismo, cuanto menor sea el detallismo gráfico, mayor será el número de individuos u objetos abarcados por la extensión del dibujo.

En mi opinión, el dibujo de Guy Delisle se sitúa en la derecha del área del triángulo de McCloud y a cierta distancia de la base, como a una altura media o así. Dicha posición permite significados extensos que abarcan a un buen número de sujetos y objetos. Y de ahí provendría el alto número de lectores implicados en las tramas de Delisle. De alguna manera, y sin ánimo de agotar el asunto, este tipo de trazo de Delisle es característico de la nouvelle bande dessinée y de mucha novela gráfica en general.

Por otro lado, los motivos y puntos de vista familiares, cercanos al lector, de las historias de Delisle contribuyen también a esa complicidad que provoca entre sus fruidores. 



Escapar. Historia de un rehén (S'enfuir. Récit d'un otage, 2016), el álbum reciente de Guy Delisle, aporta novedades en la narrativa de este autor sin dejar de ser por ello reconocible su marca. Escrito en primera persona, la voz que relata la historia no es la del propio Delisle, sino la del protagonista de la misma, Christophe André. Delisle se invisibiliza en esta ocasión y transcribe el relato de otro. Esta técnica narrativa recuerda a la empleada por Emmanuel Guibert en El fotógrafo, donde el autor se limita a escribir y dibujar un relato contado, fotografiado y vivido por otro, Didier Lefèvre. Sin embargo, ni Delisle ni Guibert se invisibilizan del todo en estos cómics. Sus trazos los identifican. Sus gramáticas respectivas también. (Otras coincidencias entre Escapar y El fotógrafo, como la presencia de MSF en la narración, apuntan hacia otras direcciones.)

"Y luego el papel es la cárcel más inmediata del autor de tebeos", afirma Carlos Giménez en una entrevista [aquí]. Esto es, obviamente, una metáfora. Giménez la usa para referirse a la limitación que supone el espacio disponible en el papel a la hora de dibujar una historia. Como todas las buenas metáforas, esta de la cárcel de papel asociada al mundo de los tebeos tiene otras lecturas (como bien sabe Álvaro Pons). Se puede por ejemplo entender una plancha o una página como cárcel en virtud de su diagramación en viñetas, donde las calles serán los barrotes. Y se puede, más aún, rellenar dichas viñetas con relatos carcelarios, de presidio; o con la historia de un secuestro, de un rehén... Lo cual es justamente lo que hace Guy Delisle en Escapar.


Llama la atención cómo el relato claustrofóbico de André-Delisle se lee con interés pese a la débil iluminación de la mayoría de sus páginas. Son las cosas del arte. Hay ciertas similitudes entre el tebeo Escapar de Guy Delisle y la película Enterrado (Buried, 2010), de Rodrigo Cortés. En concreto, la concreción de las unidades de espacio y acción en la historia. Enterrado es más radical en este sentido, pues Cortés concentra en esta película, además de las otras dos, la unidad de tiempo, con lo cual se lleva hasta el límite uno de los principios de la preceptiva dramática clásica (la regla de las tres unidades). Con todo, Escapar es un buen ejemplo de drama secuencial ajustado a principios clásicos.

Tal vez sea ese orden regular en la composición material y formal de Escapar, unido a las características del dibujo de Delisle apuntadas arriba, lo que lleva a que al lector le trasparezca, a través de esta historia de un rehén, una metáfora de la vida real. Todos podemos sentirnos rehenes, en cierto modo (de la regularidad cotidiana en el mejor de los casos). Y uno de nuestros mayores anhelos puede ser precisamente el de escapar.

Y es así, finalmente, cómo el tebeo de Delisle, Escapar, pasa a ser la metáfora -en cuanto tebeo- de otra metáfora -en cuanto su historia es real-.


domingo, 20 de noviembre de 2016

El sol de 'Paracuellos', el sol de 'Pies descalzos'

Leyendo Hombres del mañana se me ocurre que el sol de Carlos Giménez en Paracuellos:



es el mismo que el de Keiji Nakazawa en Pies descalzos:



Es en ambos casos el sol inclemente de la brutalidad. Y cumple una función parecida en los relatos de los dos autores.

El sol mesetario de los falangistas Hogares de Auxilio Social es igual que el sol de la devastada Hiroshima, en efecto, no solo en el sentido trivial de que el Sol es el mismo astro en Oriente y en Occidente. El caso es que aunque Giménez y Nakazawa utilizan el sol en sus tebeos como viñetas de transición, lo emplean también como un sugerente recurso gráfico.

Pues es también un sol que ilumina y alienta.





















Son varias las similitudes presentes al cotejar ParacuellosPies descalzos. Sus respectivos autores, Carlos Giménez (n. 1941) y Keiji Nakazawa (1939-2012), son dos historietistas de la primera generación de postguerra, surgida en las inmediaciones de la guerra del 36-39 y de la II GM. Es la generación, no paramos de decirlo, que reaccionó al horror bélico y postbélico mediante una muy seria renovación de las artes y, correlativamente, de las percepciones y comportamientos sociales (o al revés). El cómic, como el rock and roll y demás formas pop, fue la respuesta al horror de aquellos niños de guerra y postguerra. Y es innegable que entre lo mejor de estas formas a que aludo se encuentra ese anhelo de entusiasmo y de vida que resume la fórmula de John Lennon (otro niño de la guerra): Dale una oportunidad a la paz.


Nakazawa sobrevivió a La Bomba y creó un relato que a pesar de su crudeza conmueve sin caer en el sentimentalismo. Exactamente igual que Giménez, que sobrevivió a su dura experiencia en el primer franquismo y ha sabido convertir sus vivencias en uno de los hitos de la historia del tebeo, también conmoviendo y con una emoción que es ajena a la vacuidad de los sentimientos enfáticos.

Hay también similitudes gráficas entre el arte de Giménez y el de Nakazawa. Se perciben parecidos respecto al trazo, el dibujo, la línea, la gestualidad de los personajes...

He intentado sintetizar los parecidos artísticos y morales entre ambos autores, en fin, mediante la figura del Sol, que es el mismo a fin de cuentas para todos. 


sábado, 28 de mayo de 2016

Crisálida. Carlos Giménez a través del espejo

"Crisálida" es el epígrafe de uno de los capítulos finales de ¿Podemos hablar de algo más agradable?, novela gráfica de Roz Chast publicada en 2014 que trata de lo que su título sugiere. (No está de más señalar que la metáfora de la crisálida la toma Roz Chast de un fragmento de Proust, según una cita que ella misma copia en su cómic.) Crisálida se titula también el álbum reciente de Carlos Giménez, cuyo prólogo del autor está fechado en 2015. Esta obra de Giménez aborda lo mismo que la novela de Chast, pero de otra manera. Más allá de las obvias diferencias de tratamiento y estilo, el sujeto de la oración en ambos casos es en última instancia el mismo: cada uno de nosotros, incluido el artífice. Solo que si Chast mediatiza ese sujeto en su obra a través de la figura de sus padres, Carlos Giménez ofrece en Crisálida un juego de espejos y desdoblamientos de sí que involucran a cuatro figuras: el autor (no representado tal cual), el narrador, el amigo del narrador y una creación de este; cuatro personajes que vienen a ser uno solo (y en el límite, como acabo de decir, somos todos nosotros).

[En este juego escénico de Crisálida, Carlos Giménez es a Raúl como el tío Pablo es al abuelo Paquito. O como Carlos es a sí mismo. Y en el centro del recuadro o el círculo, la mirada atenta del lector.]


Carlos Giménez tiene un dominio de la caricatura tal, que le sirve no para ridiculizar, sino todo lo contrario: para huamanizar a sus personajes. Desde el casticismo. Lo veíamos al comentar su serie Historias de sexo y chapuza [aquí]. Al humanizarlos, los convierte en espejos de algo nuestro que es compartido. Así, el espejo y la caricatura colaboran con Giménez para hablarnos de un sujeto que deviene universal, a partir de unos motivos que son de igual manera universales. Lo que sucede en Crisálida.

En esta obra, el universal antropológico que aborda Giménez, mediante sus desdoblamientos de sí, es el más rotundo de todos. Y al que todos nos enfrentaremos siempre que, paradójicamente, la salud nos lo permita.

Pues de eso se trata. Uno de los beneficios del arte, cuando representa lo inevitable (el fatum, el entramado de Ananké y Cronos, la inexorabilidad), es el de superar la aflicción del autor, pero también la de los fruidores... mediante la identificación catártica de estos con lo que perciben representado. Lo mejor del arte se produce cuando descongestiona, fortalece y prepara ante lo que ha de venir. Y como era de esperar, Giménez no defrauda ante este desiderátum artístico.


Pese a lo que pueda parecer, concluyo por ahora, lejos de una supuesta gerontificación del tebeo, Crisálida es un entusiasta y lúcido canto a la vida.



martes, 27 de enero de 2015

El espíritu de la caricatura. Historias de Sexo y Chapuza

En realidad, toda la obra de Carlos Giménez compendia eso, el espíritu de la caricatura. No solamente sus Historias de sexo y chapuza, que traigo aquí ahora con motivo de su reciente edición integral.


Uso el término "caricatura" en el mejor sentido en que se pueda emplear esta palabra. Para nada me refiero a una distorsión de la realidad mediante el realce de los rasgos más irrisorios de esta, ni tampoco mediante su consiguiente simplificación. Al contrario, entiendo la caricatura como un arte exquisito capaz de reflejar la compleja trabazón de los elementos que componen las situaciones reales, en las que conviven la risa y el llanto, más otros aspectos emotivos de la complicada paleta vital. Todo ello a través de un dibujo muy claro, en apariencia sencillo, capaz de dar cuenta secuencialmente -entre viñetas- del movimiento que anima esas mismas situaciones vitales.

Puro arte secuencial de primer orden, basado en el entendimiento profundo y dominio de la caricatura, es el que elabora Giménez en sus colecciones de historietas. No solo en las costumbristas o, como él las titula: "Historias de la vida" (Barrio, Sexo y chapuza...); en aquellas que son más o menos autobiográficas (Paracuellos, Los profesionales...) o más abiertamente políticas (36-39, España, Una, Grande y Libre...). (Dejaremos para otra ocasión el comentario de las obras de ciencia ficción, fantasía y aventura de Giménez.)


En el Prólogo de Todo Sexo y Chapuza, fechado en abril de 2014 y titulado "Como en un espejo", escribe el propio Carlos Giménez:

"...Historias de sexo y chapuza es una de las series de las que, como autor me siento más orgulloso... es uno de los [trabajos] más críticos y ácidos que he realizado en mi vida... Solo que esta vez no he disparado contra los políticos, ni contra los fascistas, ni contra los curas, ni contra los banqueros... Esta vez mi intención ha sido poner un espejo delante de mí mismo y de los demás hombres y mujeres..."

Y concluye:

"...aunque nos duela y no nos aceptemos, somos justamente lo que la imagen del espejo nos revela. "

Una imagen esta, la que ofrece Giménez en Sexo y chapuza (y por extensión, en el grueso de las obras de menor ficción de este autor a que me refiero ahora) que no coincide exactamente con los esperpentos, que son las imágenes deformadas que reflejan los espejos del Callejón del Gato descrito por Valle-Inclán en Luces de Bohemia.

El espejo que bruñe Giménez en estas historietas es, digámoslo así, menos esperpéntico, más caricaturesco, en el sentido de "caricatura " que intento transmitir en este post.

Un sentido que recoge, como digo, lo mejor y lo peor de este embrollo al que denominamos vida.

Ese viene a ser el espíritu de la caricatura, inseparable -en el caso de Giménez- de su proyección en viñetas hábilmente dibujadas y expuestas siguiendo un orden secuencial.

Y ese viene a ser, en definitiva, el arte de Cárlos Giménez.


domingo, 28 de abril de 2013

España, Una, Grande y Libre

En consonancia con los tiempos que corren, en los que parece haber tocado fondo un modelo social, político y económico en nuestro país, aunque no solo en él, hay muchas miradas que están volviendo al origen de todo esto. No es ceder a la martingala de la memoria histórica y todo eso. Es que sin memoria no hay recuperación posible, dado que el pasado está incrustado en el presente y en buena medida es una pieza fundamental del futuro.



Entre 1976 y 1977, Carlos Giménez fue un asiduo colaborador de la revista El Papus. A través de sus tiras semanales, Giménez daba cuenta de un proceso que el tiempo dio en llamar "la Transición". Ahora han sido recogidas dichas tiras en un solo volumen titulado España, Una, Grande y Libre.
 

Se trata de una perfecta combinación de crónica histórica, periodismo político y narración en viñetas. Los sucesos y el ambiente del primer gobierno de Adolfo Suárez, el referéndum para la reforma política de finales de 1976 y las elecciones generales constituyentes de 1977 son el marco que definen las tiras de esta obra fundamental de Giménez.

Si se quiere, es en parte un tebeísmo de circunstancias lo que aquí se desgrana, pero es ante todo un testimonio comprometido y lúcido de una época que hoy no nos parece tan lejana ni ajena. El anhelo cada vez más extendido en nuestros días de un nuevo proceso constituyente, la desorbitada cifra de paro, la impunidad con que el dinero se evade hacia Suiza y otros paraísos fiscales, la prevalencia de una derecha que sigue oliendo en buena medida a franquismo, el fraude de la especulación urbanística que amenaza con resurgir, la fundada sospecha, en fin, de que tras tanta reforma y promesas de cambio se esconden los intereses poderosos de los poderosos de siempre, son algunas de las notas que hacen de España, Una, Grande y Libre un libro más que oportuno y de triste actualidad.


Cabe señalar que España, Una, Grande y Libre está dedicado a Juan Peñalver, el conserje de la redacción de El Papus que falleció como consecuencia de la explosión de un paquete bomba recibido en la sede de la revista. Aquel atentado fascista marcó un giro importante que limitó la libertad de expresión en nuestro país. No fue el único atentado de esa índole, ni mucho menos. Todos ellos tejieron un ambiente enrarecido que desembocó en los sucesos de febrero de 1981.



En definitiva, Carlos Giménez nos recuerda con su obra que ni la Transición fue ese proceso encantador, incruento y pacífico que a menudo nos venden, ni que todo aquello es agua pasada.

sábado, 12 de enero de 2013

36-39 Malos tiempos



Carlos Giménez es un prodigioso autor de ficciones verdaderas dotadas de dinamismo. En ese sentido es comparable a Will Eisner. Si éste supo reflejar en sus historietas el alma de aquel Nueva York de entreguerras, y me quedo corto, Giménez es único a la hora de narrar con viñetas lo que fueron la guerra y la postguerra españolas. Algo de eso vimos ya en este hilo al comentar Paracuellos y Los profesionales.


Con la serie 36-39 - Malos tiempos, Carlos Giménez ahonda en lo que fue la última Guerra Civil española vivida en un Madrid republicano y sitiado. Es una experiencia contada desde la situación de una familia de clase trabajadora. Un horror. Sin embargo, el autor lo afronta con su estilo inconfundible que apela a la esperanza y a la humanidad compartida.

Los desastres de la guerra, cuyo dolor se transmite en los grabados de Goya y en el Guernica de Picasso, están latentes en esta obra de Carlos Giménez. Un dolor sostenido, continuo, sobrevenido. Es el mismo dolor que acertó a representar Fernando Fernán Gómez en su obra de teatro Las bicicletas son para el verano. E igualmente los tres, al igual que Giménez, dibujaron o plasmaron su óptica desde la perspectiva de los perdedores.


No puedo dejar de copiar el cartucho que abre una de las historias más tremendas que cuenta Giménez en 36-39:

Era el hambre. El hambre terrible que arrebata la dignidad a los seres humanos y los convierte en pedigüeños o ladrones, en egoístas e insolidarios. Era el hambre brutal. El hambre impúdica y humillante. El hambre del desaliento y el llanto. El hambre mensajera y preludio de la muerte.



Esta óptica, sin embargo, requiere algún comentario. 


Esta viñeta de El Roto, aparecida hoy mismo en El País, me sirve para ilustrar mi comentario. Tiene que ver con la óptica o perspectiva adoptada por Carlos Giménez en sus relatos. Trataré de sintetizarla en unos pocos puntos.

1.- Hubo en España una cruenta guerra civil entre 1936 y 1939.

2.- Esa guerra fue provocada por un golpe de Estado fallido llevado a cabo por un sector del ejército bajo presupuestos fascistas.

3.- La población española quedó dividida entre los que apoyaron y los que se opusieron a dicho golpe de Estado.

4.- En ambos bandos de la contienda se cometieron excesos y actos criminales. Sin embargo, o por eso mismo, la neutralidad o equivalencia a la hora de enjuiciar esos hechos no deja de ser parcial.

5.- El bando de los vencedores, el de los golpistas, fue inmisericorde con los vencidos. Una especie de voluntad de "exterminio del otro" dominó el comportamiento de los golpistas, especialmente una vez finalizada la contienda. Añadieron sufrimiento al sufrimiento. Y España quedó aislada de las democracias occidentales sumida en un clima de terror duradero.

6.- Ya en democracia, esa actitud de los vencedores se manifiesta intentando no ya silenciar lo que ocurrió e impidiendo recuperar la memoria de los vencidos (las fosas anónimas y comunes se mantienen cerradas), sino incluso reescribiendo la historia desde posiciones edulcorantes y revisionistas.

7.- La superación de la última guerra civil española no puede hacerse tapando en falso lo que fueron aquellos años.

Desde esta posición, la obra de Carlos Giménez es dura, muy dura. Pero es necesaria. En nombre del reconocimiento de la verdad y de la cauterización del dolor.

Son muchas las posibilidades del noveno arte.


viernes, 19 de octubre de 2012

Frank Cappa

En el cómic español de la década de los ochenta pasados no todo fue postmodernidad y grafismo vanguardista.


A Manfred Sommer (1933-2007) le debemos la creción del personaje Frank Cappa y su magnífica serie de relatos dibujados.


Frank Cappa, el personaje creado por Manfred Sommer, es un reportero de guerra. Una amiga suya lo define en una viñeta como una mezcla de Robert Redford y Charlton Heston. Se lo puede encontrar en conflictos bélicos en África, en Vietnam, en Nicaragua, en Afganistán. O en ambientes exóticos de Brasil. Incluso en Utopía, un pueblo canadiense fronterizo con EEUU, donde pasó su infancia y adolescencia.

Las historias de Frank Cappa pertenecen al género de aventuras. Sin embargo, a pesar de que la mayoría transcurran en escenarios de guerra, no se trata de una recreación de las viejas Hazañas Bélicas. Más bien al contrario.

Manfred Sommer (nacido en San Sebastián de padre alemán y madre andaluza, criado y educado en Barcelona y fallecido en Cartagena) perteneció, igual que su amigo Carlos Giménez, a esa generación de niños de la guerra comprometida acaso más existencial que políticamente. Y como enunció Jean Paul Sartre, el existencialismo es un humanismo. Hay por tanto humanismo a raudales en las historias protagonizadas por Cappa escritas y dibujadas por Sommer.

Este humanismo se refleja no solo en los planteamientos y desenlaces de los argumentos, sino también en el enfoque de los cuadros, el realismo de las viñetas, el trazado de los personajes; en definitiva, en la mirada de Manfred Sommer.


Una mirada renovadora, contemporánea, expresada a través de un depurado clasicismo formal. Así es la propuesta de Sommer y de su gran creación, el reportero Frank Cappa.


martes, 21 de agosto de 2012

Los profesionales

 ... En otro post comentaba la importancia e influencia de Carlos Giménez en la historia del reciente cómic español. Esta influencia es más que evidente en El invierno del dibujante, de Paco Roca, pues esta historieta remite directamente a Los profesionales, de Giménez.
 
 Yo no sé si Roca resistirá la comparación con Giménez. En todo caso, de Los profesionales hablaré en otra ocasión. [ ... ]

En realidad, en principio no hay por qué comparar a dos autores de generaciones diferentes. Cada uno es hijo de su tiempo y de sus circunstancias...

Lo que ocurre es que es poco menos que inevitable que el Paco Roca de El invierno del dibujante nos lleve al Carlos Giménez de Los profesionales.

Carlos Giménez (n. 1941) es un autor que en sus obras sabe conectar su autobiografía con el retrato de la España que le ha tocado vivir, la del franquismo especialmente. Hay toda una sociología dibujada en sus mejores relatos.

Así ocurre en Los profesionales.

Se trata de una amplia serie de cinco álbumes que transcurren todos ellos en la Barcelona de los años sesenta, cuando en nuestro país se daban los planes de desarrollo, la emigración, la invasión de turistas, el inmovilismo del Régimen, los veinticinco años de paz...


Tal y como haría después Paco Roca en El invierno..., el asunto de Los profesionales no es otro que mostrar el contexto laboral y las vicisitudes de un grupo de dibujantes de historietas en aquellos años. 

Si Roca eligió el equipo de la editorial Bruguera, Giménez se centra en Selecciones Ilustradas, una empresa de la que él mismo formó parte y que tuvo una trascendental importancia en la historia del cómic realizado por entonces en España.


No obstante, lo que caracteriza sobre todo esta obra de Giménez es el humor agridulce. Un humor crudo, tal como era aquella época. Y en manos de unos protagonistas ilusionados y jóvenes.

No puedo dejar de relacionar el talante que inspira la obra Los profesionales con un artículo de Félix de Azúa publicado hace un par de días y titulado "Tiempo de resistencia", del que pongo el enlace y entresaco un párrafo iluminador:

Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. Da lo mismo. En cuanto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará. Así oía yo hablar a mis tíos y abuelos sobre la guerra civil. Un tiempo espantoso, años de muerte e insoportable necedad. Sin embargo, ellos recordaban aquellos días en el frente, con el frío gélido, el horizonte estepario y el rancho escaso, como años magníficos de su vida y se diría que estaban dispuestos a regresar. Incluso las mujeres que se habían quedado en la ciudad y luchaban todos los días por la supervivencia, recordaban entre carcajadas el conejo criado en el balcón que luego nadie quería sacrificar a pesar del hambre. El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente y lo quieren mantener vivo y maligno. Los mercaderes de la venganza, por ejemplo.


Un hurra, en fin, por Los profesionales.


miércoles, 4 de julio de 2012

Yes We Camp!


El 15-M ha dejado huella y presencia. Una de ellas es este libro: Yes We Camp! Trazos para una (r)evolución. 

Se trata de un volumen colectivo y plural. Más de treinta colaboradores, no todos historietistas y dibujantes, intervienen en él.

La lista de los intervinientes deja claro que no estamos ante un movimiento de perroflautas o cosas peores. Salvo que uno quiera considerar perroflautas a Eduard Punset, Federico Mayor Zaragozá, Carlos Giménez, Paco Roca, Viçens Navarro, Jan (Juan López), Carla Berrocal, etc.



Como en toda obra colectiva, realizada con aportaciones más o menos breves, se podrán encontrar diferentes calidades en ella. No obstante, subyace un mismo propósito común. Hay páginas que van desde la ironía hasta una cierta inocencia angelical, pasando por la constatación y la explicación de los hechos.

Se percibe en algunos casos la intención de relacionar la capacidad de transformar la realidad que supuestamente tuvo la generación de los padres de estos jóvenes, con la de ellos mismos. Un tema amplio para debatir.


Llama la atención el precio de Yes We Camp! (9,50€) en relación con la calidad material y formal del libro. Ya se indica en la contraportada: "Libro sin ánimo de lucro". Y esta vez es cierto.


martes, 24 de abril de 2012

El invierno del dibujante

Esto de la metanarrativa aplicada al cómic actual de que hablaba ayer tiene diferentes versiones y matices. En unos casos, aparece el autor del relato inmerso en el proceso de escribir el relato. El caso paradigmático en este sentido es Art Spiegelman en su novela Maus. Otras veces encontramos reflexiones del autor inmersas en la novela, reflexiones que culminan con el fin del relato, como hace Frederik Peeters en Píldoras azules. En el caso de Fun home, el lector va descubriendo que la autora, Alison Bechdel, está implicada en la historia en su condición no solamente de hija del objeto de la indagación, sino también como escritora de la vida de su padre (algo que remite a fin de cuentas al Spiegelman de Maus).

Diferente es el uso de la metanarrativa en el caso de El invierno del dibujante, de Paco Roca.


Aquí simplemente el mundo de la historieta es el motivo de la historieta, a través de la consideración de sus artífices. El autor del relato no aparece directamente en el relato, pues lo que Roca lleva a cabo en El invierno del dibujante es una especie de homenaje a la denominada por Terenci Moix en su momento "Escuela Bruguera".


La editorial Bruguera fue una de las tres escuelas o empresas de tebeos que predominaron en la España franquista, la de nuestra infancia. Y fue, de hecho, la que más preeminencia tuvo al final de esa etapa triste de la historia de nuestro país. Por allí pasaron los dibujantes que crearon tantísimos personajes de los tebeos de entonces, especialmente Pulgarcito y Tio Vivo.


La historia que cuenta Paco Roca en El invierno del dibujante se centra en la aventura editorial de cinco de los dibujantes de Bruguera que se hartaron de las condiciones laborales de la empresa y decidieron fundar por su cuenta una nueva publicación: Tio Vivo. No desvelaré más detalles, pero leyendo este cómic uno se entera de cosas muy curiosas, como por ejemplo del origen del nombre "Mortadelo y Filemón, agencia de información", del dibujante Ibáñez ("el que se parece a Vázquez"), o de otras cosas referidas al propio Vázquez.

No obstante, aunque Paco Roca no es uno de los personajes de su propio relato, sí que está presente en él de un modo indirecto. Ya que él mismo confiesa que se educó con aquellos tebeos y que siempre deseó ser un miembro de la casa Bruguera. La autobiografía de nuevo, siquiera de un modo indirecto y sentimental.

En otro post comentaba la importancia e influencia de Carlos Giménez en la historia del reciente cómic español. Esta influencia es más que evidente en El invierno del dibujante, de Paco Roca, pues esta historieta remite directamente a Los profesionales, de Giménez.


Yo no sé si Roca resistirá la comparación con Giménez. En todo caso, de Los profesionales hablaré en otra ocasión.

jueves, 15 de marzo de 2012

Paracuellos

Mi emancipación, mi acceso a la mayoría de edad biológica, intelectual y moral (la civil tardaría un poco más), estuvo marcada por las circunstancias de un país que también empezaba a acceder a la emancipación y a la mayoría de edad, política en este caso. Entre mis recuerdos de entonces ocupa un lugar un entorno que asocio a la revista antifascista El Papus. Era el año 1977 y hojeando los números del semanario di por casualidad con unas tiras o historietas de un tal Carlos Giménez. Estas tiras eran los orígenes de lo que acabó siendo uno de los referentes indiscutibles del cómic español: Paracuellos.

Aquello era fuerte. Los dibujos impactantes de Giménez narraban historias de niños acogidos en los Hogares de Auxilio Social en la postguerra más dura y difícil que ha conocido nuestro país. La España fascista y sus brutales agentes captados a través de unos mocosos desvalidos y a la vez muy vivos. Las viñetas, los encuadres, la temática y su propósito nos hicieron comprender que el mundo de los tebeos también podía acceder a un lenguaje y una expresión para adultos.

El éxito de estas tiras, cuyo nombre común Paracuellos se lo debe el autor a su público, dio lugar a seis series y álbumes con el mismo formato. Hace unos años se recogieron en un único volumen, con prólogo de Juan Marsé (otro niño de la guerra).


Es indiscutible el magisterio de Carlos Giménez entre los historietistas españoles. Leyendo las Nuevas hazañas bélicas que comento arriba, se puede apreciar su influencia.

Hoy me impactan las historias de esos niños y su entorno de otro modo a como entonces lo hicieron. Dejo este post como homenaje a nuestros años de formación y a su recuerdo.