Salud y tebeos

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Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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sábado, 10 de enero de 2015

Pin-Up. Entre bromas y veras


Son muchos los atractivos de la serie Pin-Up, del tándem Berthet-Yann. Atractivos plásticos y visuales, por un lado, pero también -y esa es en cierto modo la sorpresa de esta serie, si se traspasan su título y sus portadas- atractivos conceptuales y de guión. No creo que exagere cuando afirmo que la elegancia formal y la brillantez intelectual van de la mano en Pin-Up inteligentemente.

Uno de los recursos poéticos (de poíesis) que dan valor a esta serie, más allá de sus hallazgos intraartísticos (el arte como materia del arte), es su anclaje o conexión con la realidad, lo cual vendría a ser su valor extraartístico.

Dicho anclaje lo realizan Yann y Berthet de dos modos.


En primer lugar, situando los episodios protagonizados por Dorothy Partington (la heroína de la serie) en escenarios históricos fácilmente identificados y reconocibles de sobra. Y además, alimentando o amueblando esas escenografías mediante iconos incardinados en las retinas de al menos dos o tres generaciones de los actuales lectores. Son imágenes procedentes del cine bélico, la publicidad, las fotografías, la televisión, las historietas de la época... Todo ello con el inconfundible aroma genuinamente americano, como veíamos en un post anterior, pese a estar ante un cómic de factura francobelga.


En segundo lugar, no menos interesante, los autores de Pin-Up utilizan un recurso escénico y narrativo que enriquece el anterior y le da pleno sentido. Me refiero al procedimiento de incluir en el dramatis personae de cada historia que nos cuentan un personaje históricamente real. Y lo hacen de un modo tal que viene a ser este personaje el que singulariza o simboliza por sí toda la época retratada. Normalmente son personajes que juegan un papel secundario -unos más, otros menos- en las historietas protagonizadas por Dottie: Milton Caniff, J. F. K., Weegee, Howard Hughes, Frank Sinatra, Hugh Hefner, Jane Fonda, el doctor Fukushi, Alfred Hitchcock...

Este último, Hitchcock, llena por completo (y no solo por su orondez) toda la trama de la última de las historias publicadas hasta ahora de la serie Pin-Up: "El dossier Alfred H." (2011). No comento más, por no incurrir en spoiler.

Sí se puede comentar, sin embargo, el juego más o menos irreal, pero en todo caso ocurrente, a que Berthet y Yann someten a varios de estos personajes reales, al sugerir situaciones que trascienden la mera información histórica usual de los mismos pero conectando perfectamente dichas situaciones posibles con el imaginario del lector común respecto a ellos.

Es esta una manera sutil de conectar lo intraartístico con lo extraartístico.


Y es por eso que he titulado este post así: Pin-Up. Entre bromas y veras.

martes, 6 de enero de 2015

El constructo americano

Escribí en otro post, a propósito del Génesis de Crumb:

Suele afirmarse en el ámbito de la música clásica que un buen número de las mejores misas católicas fueron compuestas por un protestante, J. S. Bach. De igual modo, ...

De igual modo, añado ahora, se puede afirmar que un buen número de cómics "americanos" (estadounidenses) están ideados, escritos y dibujados -realizados, en fin- por autores europeos, tanto continentales como británicos. Son tebeos que recogen un imaginario común, compartido, que toma como referentes aspectos de un constructo cultural visualizado a través de novelas, películas,  anuncios, televisión, música, etc. Y que permanece como fuente y marco de escenografías adecuadas para diferentes historias.


Por el lado continental, Los desesperados (Les désarmés, 1991, 2010), de Mezzo (Pascal Mesemberg, n. 1960) y Pirus (Michel Pirus, n. 1962) es un buen ejemplo de cómic de factura francesa que bien podría pasar, o así lo parece, por tebeo genuinamente americano. Y no lo digo solo por la localización de la historia en el desierto tejano a unas horas de la frontera con México. Además de ser un thriller muy negro con atracos, disparos, sheriff, matones y elementos de road movie, Los desesperados incluye una interesante revisión, por así decirlo, del mito de la madre americana.


Otro tanto sucede con la serie Pin-up (1994, 2010), de los también franceses Phillippe Berthet (n. 1956) al dibujo y Yann (Yannick le Pennetier, n. 1954) al guion. En este caso, bajo el más puro formato franco belga, el imaginario escenificado por los autores y perfectamente identificable por el lector abarca las batallas del Pacífico durante la segunda guerra mundial, el Hollywood de los años cincuenta, la guerra fría sesentera, Las Vegas... La aparición de personajes históricos reales en algunas tramas aporta verosimilitud a lo narrado, a la vez que introduce sugerencias acerca de los límites entre realidad y ficción.


Por el lado británico, la serie Kane (desde 1993), del inglés Paul Grist (n. 1960), presenta las peripecias de un detective del departamento de policía de New Eden, ciudad ficticia pero reconocible en cuanto se adapta al imaginario específico de las novelas y series americanas del género. Corrupción, traiciones, desencanto y algo de humor son integrados por Grist en el seno de una estética en que resalta su dominio del blanco y negro y de las composiciones de página.



Si a esto se añade la importantísima aportación de directores de cine -y artífices de otras industrias culturales- de origen europeo en la realización de ese constructo al que me refiero, resulta que estamos ante una representación ideal, por no decir ficticia, en la que lo simbólico se alía con lo imaginario hasta el punto de incidir en la configuración de lo real. Eso sí, artísticamente.