Salud y tebeos

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Mantened los ojos bien abiertos.
(Winsor McCay)
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martes, 3 de octubre de 2017

Sobre 'Plaza de La Bacalá'

A mí me parece que Plaza de la Bacalá, el reciente cómic de Carmelo Manresa, no es un mero ejercicio de entretenimiento nostálgico. O al menos yo veo en él otra pretensión.



La nostalgia, de hecho, es un fenómeno limitado, afecta a unos cuantos (en mayor o en menor número). En Plaza de La Bacalá, Carmelo Manresa (n. 1965) recurre a su memoria y consigue plasmar en lenguaje de cómic, a partir de su escenario específico, un mundo, el correspondiente a una época que él conoció y vivió. Y como suele ocurrir en estos tipos de expresión, sus recuerdos conectan con los de toda una generación en sentido amplio. Pero la nostalgia es un sentimiento privado a fin de cuentas. Puede darse o no en aquellos que, como el autor o incluso yo mismo, conocieron y vivieron aquel mundo.

Ahora bien, si la cosa se limitase a eso, al plano sentimental, poco alcance tendría en mi opinión este tebeo... en cuanto valiosa narración gráfica.

La ubicación editorial de esta obra, publicada por Desfiladero Ediciones como número 2 de su colección Memoria Gráfica -tras la anterior Esperaré siempre tu regreso, de Jordi Peidro- refuerza la impresión de que estamos ante un tomo de historieta con valores añadidos. Amarcord, la película de Federico Fellini, es una referencia no solo formal de esta Plaza de La Bacalá. Los recuerdos ordenados secuencialmente (en tebeo, en cine) acaban teniendo un significado político.



Se trata, entonces, de que Plaza de la Bacalá deja a la vista, en ese espacio-tiempo peculiar que constituye la narrativa gráfica, una representación secuencial y viva de un mundo particular, localizado (al modo del 'mundo de la vida' o Lebenswelt de los fenomenólogos). Como tal, ese escenario fue y se fue con su época. Sin embargo, contiene -como todos los Lebenswelt- patrones de conducta, inquietudes,  estructuras vitales, gestualidades, etcétera, que son universales y por ende comunes.

Más que por su aspecto gráfico -que también-, este cómic remite al universo discursivo de Gilbert Hernandez, no solo el de Palomar. Aunque las diferencias son obvias. Ni Villacil (el pueblo imaginario en que se ubica la plaza de La Bacalá y es trasunto de Callosa de Segura, municipio natal del autor) es Palomar, ni Carmelo Manresa es Beto Hernandez. Además, la Plaza de La Bacalá y lo que en ella sucede nos pilla, al menos a mí, mucho más cerca. La precisión temporal es mayor en este último caso, con lo cual su universalidad sea acaso de menor amplitud. O de otro modo, lo que el universo de Palomar pierde en concreción lo gana en universalidad.

No se pierdan, si pueden, Plaza de La Bacalá. O tal vez, si pueden, piérdanse en ella. 


martes, 19 de noviembre de 2013

Río Veneno

Río Veneno (Poison River), de Beto Hernandez, expone la historia de Luba desde su nacimiento hasta su decisión a los dieciocho años -una decisión inducida- de instalarse en Palomar con su prima Ofelia y su hija Maricela.


Más novela gráfica que Palomar en su ejecución, aunque yo creo que no en su resultado (o más bien cuyo resultado es menor), Río Veneno es en cierto modo una representación de varios de los rostros en ocasiones alegres de la sordidez, frente a la apacible existencia -aunque no exenta de sobresaltos- sugerida en Palomar. Hay en Río Veneno abandono, narcos, sexualidad paralela, tráfico de bebés, terrorismo contra la izquierda, ultraviolencia... Hay también un repertorio de pasiones. Y deseo. Y desdicha. Hay el México de Buñuel, la sacudida de Bajo el Volcán, el realismo visceral de Bolaño.

Y hay una música de fondo que suena, con ritmo de congas, dedicada a "gente con aventura en el alma y el alma en los pies". Como en un bolero salvaje.


La habilidad como guionista de Gilbert Hernandez manifiesta de nuevo su riqueza en Río Veneno, cuyos arcos narrativos implican una complejidad de tramas hábilmente resueltas, como es usual en este autor.

Una complejidad de tramas que son correlativas a un buen número de personajes, entre los que destacan Luba y Ofelia junto a Peter Río, María, Eduardo y Gorgo. Si otro de los puntos fuertes de Beto Hernandez es la caracterización de sus personajes, en Río Veneno es también evidente esa capacidad suya de dar vida a sus dibujos.



jueves, 14 de noviembre de 2013

Palomar

Probablemente, la gran creación de Beto Hernandez es Palomar.

  

Las dos circunstancias referidas al trabajo de los hermanos Hernandez que señalé en un post anterior confluyen en esta obra.

En primer lugar, Palomar puede ser considerada una novela gráfica, y de hecho lo es, teniendo en cuenta que es también una recopilación ordenada de historietas publicadas previamente en formato de revista versión comic book (Love and Rockets) . Es lo mismo que sucede en la tradición europea, por ejemplo, con Persépolis, de Marjane Satrapi. En este caso no se trata de revistas o comic books, sino de álbumes. Las fechas de inicio de ambas obras, la de Gilbert Hernandez y la de Satrapi, explican su publicación seriada previa a su difusión en formato de libro.

Es de hecho un tópico o lugar común en el mundo del cómic actual el debate acerca de qué es lo que convierte una recopilación (TPB) en novela gráfica o, lo que viene a ser lo mismo, el debate acerca de la licitud o no de aplicarle a una recopilación el rótulo "novela gráfica".

Dejando de lado la respuesta que resuelve la cuestión indicando que lo de 'novela gráfica' es una moda fomentada por el mercado, es interesante el planteamiento que compara las recopilaciones bajo un nombre común de historietas seriadas más o menos autoconclusivas, como Palomar y Persépolis, con las series de televisión compuestas por capítulos y temporadas también más o menos autoconclusivas, como A dos metros bajo tierra, p. e.

Y es también convincente entender la palabra "novela" de un modo abierto y como la más moderna de las formas de escritura, en la que caben diferentes estructuras formales y narrativas al servicio de una unidad de planteamiento y resolución.

Así, Palomar  es un universo narrativo con personajes, situaciones, escenarios, arcos y tramas que configuran un todo novelesco.



16.11.2013


En segundo lugar, la condición latina hispanoamericana de Beto Hernandez alcanza en Palomar una manifestación de universalidad verista que a menudo se equipara con la que alcanzó Gabriel  García Márquez en Cien años de soledad. Y es cierto que al abrir cada página de Palomar, resuenan a la vista y al oído los acordes del realismo mágico. Y a veces hasta telúrico.

Palomar es un pueblito que recuerda el Macondo de García Márquez e incluso el Comala de Juan Rulfo, alegorías de Latinoamérica. Está situado "en algún lugar al sur de la frontera con Estados Unidos". Carece de teléfono y de gasolinera. Entre sus habitantes también hay fantasmas. Y allí saben cocinar una "sopa de gran pena" que alivia los corazones rotos.

Son muchos los personajes que pueblan Palomar. Más de cien solo en "Sopa de gran pena" (yo no los he contado, pero hay quien sí). Destacan sobre todo mujeres, personajes femeninos, heroínas. La shérif Chelo, Pipo, Carmen, Tonantzín, Ofelia, la finalmente alcaldesa Luba. Y están también las hijas de Luba: Maricela, Guadalupe, Doralis, Casimira, Socorro y Concepción. Y el hijo Joselito. Hay también, cómo no, personajes masculinos. Heraclio, Israel, Vicente, Gato, Jesús, Khamo, Satch, Martín "el loco" y otros varios.

Uno de los problemas a los que se enfrentan los realizadores de literatura episódica o seriada es el de la continuidad. Es difícil mantener la atención del lector cuando hay intervalos temporales de semanas o de meses entre una y otra historieta. Y es difícil, también, sostener de ese modo argumentos congruentes siendo tantos los personajes en juego. Sin embargo, sorprende el arte de Gilbert Hernandez para concitar en una historia personajes familiares y diversos con detalles que remiten a su vez a otras historias anteriores que identifica el lector. La continuidad estriba en eso. Y es un arte, como digo, que domina Beto Hernandez.

Y es también lo que permite tildar Palomar de acertada novela coral. Y tremenda.

martes, 12 de noviembre de 2013

Luba

El universo de la ficción está lleno de heroínas, que es, al igual que los héroes, como antes se llamaba a los personajes principales de las narraciones y de las obras dramáticas.

Las heroínas son mujeres de fuste que, en la mayoría de los casos, fueron concebidas y creadas por hombres.

Aunque hay en esto, como en todo, grandes excepciones: La princesa de Clèves (publicada de forma anónima en 1687 y atribuida a Madame De La Fayette), Mrs. Dalloway (de Virginia Wolff) y Scarlett O'Hara (de Margaret Mitchell) son algunos ejemplos de mujeres concebidas por mujeres.

También el territorio cómic tiene sus heroínas.

Una de ellas es Luba, enorme criatura de Gilbert "Beto" Hernandez.


Aunque Luba en realidad es una heroína que ejerce como centro o referente de otras muchas heroínas.

Y es que tanto Gilbert Hernandez como su hermano Jaime -los Hernandez Brothers o Bros Hernandez- realizan cada uno, desde su mirada personal y postunderground, una representación ficcional genuina y certera de mujeres que son muy creíbles. (Metaficción postunderground de la transvanguardia: cultura de prefijos, vacío de lenguaje.)

Estoy por decir que si un valor que se le reconoce a Pedro Almodóvar es su acierto al representar la mirada femenina en sus filmes postmodernos, ese aspecto de su cine es aguachirle en comparación con la vívida representación de mujeres realizada por los hermanos Hernandez en sus cómics.

20.11.2013


Luba es el personaje central de buena parte de la narrativa de Gilbert Hernandez. Es hija del indio Eduardo y de María, por lo que a veces alguien se refiere a ella como "la india Luba". Tiene dos hermanastras por parte de madre, seis hijas y un hijo, más otro -el primogénito- que presumiblemente se lo robaron en la clínica para venderlo nada más nacer. Son hijos e hijas de diferentes padres. Tiene también una prima, Ofelia, con la que pasa buena parte de su vida y es la que cuida a sus hijas pequeñas. Y una sobrina, Venus. Y un marido y amante duradero, Khamo... Cada uno de estos personajes establece relaciones con otros personajes, los cuales a su vez también se relacionan con otros y así. Con lo cual, tenemos un universo narrativo sumamente poblado.

La centralidad de Luba, entonces, no consiste en que ella sea el foco permanente de la narración. Consiste, más bien, en que opera a modo de polo magnético, a modo de referencia a la que remite la mayoría de los personajes de ese universo ficticio. Y Luba es una referencia a la que remite también la imaginación del lector.

Se trata en todo caso de personajes que están vivos, es decir, nacen, crecen, envejecen, etc.


Tras las historias de Palomar y de Río Veneno, Beto Hernández siguió publicando diferentes cómics de historietas referidas al universo de Luba. Luego fueron sucesivamente recopiladas en tres tomos titulados cada uno:

Luba en Norteamérica,


El libro de Ofelia


y Tres hijas,


La sucesión encadenada de tramas y personajes continúa en esta serie, si bien centrada ahora en avatares de la familia de Luba.

La transición entre esta etapa estadounidense de la heroína y su anterior estadía en Palomar la establece Gilbert Hernandez en las últimas historias del segundo tomo de Palomar. La diferencia entre ambas series es muy notable y a favor de la primera, la que transcurre en aquel pueblecito "más allá de la frontera del sur de los Estados". Con todo, el arte tebeístico de Beto se impone igualmente al lector.

De entre las muchas historias de la serie de Luba en Norteamérica, destaca tal vez la de Doralis, que es la que cierra el ciclo. Es tan conmovedora como la historia de Tonantzin, correspondiente al primer ciclo, el de Palomar.