Salud y tebeos

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"Mantened los ojos bien abiertos" (Winsor McCay)

jueves, 5 de marzo de 2015

Historias del Barrio. Caminos

No me negarán que un cómic que empieza con este cartucho de texto:

Mi abuela tenía
los ojos azules,
la piel suave,
y todo el dolor del mundo
repartido entre
sus huesos.

También tenía un
armario enorme
que crujía en mitad
de la noche.
Un armario que
albergaba todos
mis miedos.

Y cuya segunda página es esta:


presagia una experiencia de lectura dichosa.

Y así es.

Historias del Barrio. Caminos es un cómic de esos que uno lamenta no haber leído antes (aunque lleva pocos meses en la calle). Y además, en este caso incita a buscar, si se desconoce, la primera entrega que lo precede: Historias del barrio, ganadora en 2011 del I Premio de Cómic Ciutat de Palma.

En este segundo volumen, Caminos, Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí continúan desplegando ese mosaico vital que viene siendo Historias del Barrio. Unas historias que son fragmentos o recuentos de la vida -tranches de vie, en concreto de la de Gabriel-, en las que se condensa, en sus mejores versiones, el latido de una vida entera sujeta a sus condiciones.

En la contraportada de Caminos aparecen unas cuantas citas en las que un término repetido es "honestidad". Supongo que esto guarda relación, en parte al menos, con el hecho de que Beltrán y Seguí renuncian a representar la crudeza que asoma por los bordes de muchas de sus viñetas. Eso no significa que la enmascaren (ni significa tampoco, por supuesto, que sea un signo de deshonestidad el mostrar la crudeza; a ver quién discierne el significado de "honestidad"). Es como si los autores prefiriesen dejar que sea el lector quien, si quiere, clausure cada página mediante su personal  e imaginaria representación. Y es también como si supieran que el juego de ocultación-y-desvelamiento es una de las bazas más fructíferas del arte.

Yo añadiría el término "autenticidad" al hablar de esta obra. Si es el latido de la vida lo que dota de autenticidad al arte, en Caminos, como digo, late la vida entera.

En el límite, en cuanto arte, no importaría que lo representado fuera puramente ficticio. Por lo que vislumbro, el narrador de estas Historias del barrio persigue más un ajuste de cuentas consigo mismo que no otra cosa. Con la participación, eso sí, no solo del dibujante y su arte, sino también del lector.


En definitiva, como en la entrega anterior de estas historias, la escritura de Beltrán alimenta el dibujo de Seguí y viceversa. Ambos consiguen que el aliento se complemente con el gesto y, con ello, que la representación permanezca viva para quien la percibe.

La obra apunta caminos. No solo por eso, es más que recomendable.

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